La playa de
Dulcinea
58 –Don Ramón,
el cura
Por fin ha
salido el sol, hemos tenido un pequeño otoño de dos días en medio de un verano
caluroso. La temperatura va subiendo poco a poco pero aún se nota el aire
fresco y el olor a tierra mojada. No cantan las chicharras ni huele a tierra
reseca, de momento. Parece que la vida de la playa se recupera aunque los
bañistas no se acercan mucho al agua, prefieren tomar el sol.
Lisa tiene
trabajo doble porque la lluvia le ha llenado el chiringuito de púas de pino y ha
tenido que barrer las escaleras y las terrazas, ya que con la manguera no bastaba.
El chico de las hamacas también ha necesitado que, Too-lo, le ayude a
rastrillar y limpiar las algas y restos de la tormenta.
La playa
recobra la calma. Hoy quiero tomar el sol, me lo pide la piel, después de las
tormentas se aprecia más el sol. El cielo está despejado y se ve la playa en
toda su extensión, al igual que las montañas, los acantilados y la gran playa
de la bahía que se ve, a lo lejos, como una cinta blanquecina dorada por el
sol. Los canarios de Lisa cantan en sus jaulas y mordisquean los trozos de manzana y lechuga que les pone
su dueña poco antes de que lleguen los clientes.
Don Ramón ha
llegado casi a la vez que yo, mientras coloco la toalla veo como saluda a todos
los del chiringuito y se pone a hablar con Lisa mientras se toman juntos un
café. Don Ramón es un cura de los de antes pero joven, lleva sotana y
alzacuellos pero baña sus pies en el mar por lo menos una vez a la semana,
saluda a los parroquianos conocidos y se presenta a los desconocidos, habla
varios idiomas y a todos les invita a ir a su iglesia; siempre, antes de despedirse, hace entrega de tarjetas
con la dirección y los horarios de las misas y explica que tienen servicio
gratuito de guardería con jóvenes voluntarias a las que les encantan los niños.
Ni por esas consigue llenar la iglesia aunque es cierto que desde que está en
el barrio –hace más o menos cinco años- se ha notado un aumento de personas que
a veces nos acercamos hasta la iglesia aunque solo sea con la excusa de
entregar ropa o algo de comida para que la reparta entre los necesitados del
barrio. También ha conseguido hacer un coro de chicos que andaban metidos
siempre en líos y que ahora disfrutan de ensayar canciones y, de paso, merendar
uno de los estupendos bocadillos que, con sus propias manos prepara don Ramón
cada tarde. Todo el barrio le quiere aunque a algunos no le parece bien que
deje dormir en el porche de la iglesia a algunos inmigrantes a los que aún no
ha podido colocar. Lisa y él hablan y señalan hacia la cueva; cuando paso a su
lado y les saludo oigo solo dos frases: “…Una chica que vive en la cueva…” y “¿come
de la basura que tirais?..”. En ese momento recuerdo a la chica de la maleta
roja y a su perrita. Marieta. Don Ramón se remanga la sotana y se dirige por la orilla hacia la cueva, le veo alejarse
mojándose los pies y saludando a unos y a otros. En la entrada de la cueva se
para unos minutos y luego desaparece en su interior durante tanto tiempo que
hasta nos olvidamos de que está allí. La playa recupera su rutina de verano
aunque el tiempo parece de primavera. Cuando termino de hacer el segundo sudoku
veo pasar por la orilla a don Ramón, lleva las manos unidas en la espalda,
camina despacio, se va mojando el bajo de la sotana pero parece no darse
cuenta. Está preocupado y absorto en sus pensamientos. Se pone los zapatos y,
casi sin despedirse de Lisa, abandona el chiringuito por las escaleras. El sol
calienta cada vez más y empiezo a pensar que puede ser una buena idea darme un
baño. A lo lejos oigo ladrar a un perro pequeño, parece que el sonido viene de
la cueva. Debe ser Marieta.
Dedicado a
todos los curiosos que están deseando saber quién es y qué le pasa a la chica
de la maleta roja que vive en la cueva. Muchas gracias por leerme. Un saludo.
Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados, si os gusta,
compartirlo con los amigos y familia. Gracias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario