miércoles, 13 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 53 –Sonrisas y lágrimas.

La playa de Dulcinea
53 –Sonrisas y lágrimas.

Es un placer volver a bañarme, a primera hora de la mañana, en mi playa a pesar de que durante este mes está cubierta de toallas y sombrillas desde muy temprano, pero en el mar  somos pocos los que nos atrevemos a entrar. El agua tiene tanta transparencia que a veces parece que floto en un aire fresco que me acaricia entera.
Desde mi puesto privilegiado, nadando, veo como en la terraza del Gran Hotel desayunan los turistas que van a salir de excursión, se protegen de las quemaduras que les causó el sol el día anterior bajo unas de las sombrillas blancas; miran planos y guías turísticas, algunos irán en autocar y otros en los coches de alquiler que tienen aparcados junto a la entrada. Los turistas siempre empiezan muy pronto la jornada ya que las horas de que disponen  pasan a mucha velocidad. Yo disfruto del baño y veo como Lisa abre el chiringuito y como el chico de la carretilla le trae fruta, verdura y cajas de contenido secreto. A media mañana pasará el chico de los helados con su cargamento a punto de acabarse, regalando polos blandos a los chiquillos que le esperan ansiosos en el mirador.
Por la escalera baja, cojeando y con muletas, Paul, mientras en la carretera se oye como un autobús pega uno de sus frenazos típicos. Me alegra verle, tiene buen aspecto, se ha quitado la barba, lleva ropa nueva y el pelo, un poco menos largo y mucho más limpio, flota a cada paso en su cabeza; lleva el pie vendado y una amplia sonrisa. La sonrisa que luce también es nueva y brillante.  Al poco rato baja, Too-lo, las escaleras, saltando de dos en dos los escalones hasta que se pone a la altura de su amigo, le da un beso en la mejilla y sale corriendo hacia el chiringuito en el que pone en marcha la cafetera a la vez que saluda, a voz en grito, a todos los presentes. Luego se esconde detrás de la barra y habla con Lisa que parece atenderle con mucho interés. Parece que la felicidad flota a su alrededor mientras trabaja, canta y agita con donaire su abanico de lunares rosas. Paul se ha sentado en una de las mesas y ha pedido un café con leche, parece un turista. Lisa se sienta a su lado y hablan amigablemente mientras, Too-lo, va y viene atendiendo las mesas que se han llenado de repente, los clientes vienen con ganas de desayunar, leer la prensa y hacer fotos.
Los dos hombres me saludan de lejos y les devuelvo el saludo con la mano. Hay algo en todo lo que estoy viendo que  no llego a comprender. Cada vez que, Too-lo, pasa cerca de Paul le acaricia el pelo o le dice algo al oído que le hace sonreír tímidamente mientras él esconde su sonrisa pícara tras el abanico lila de topos rosas. Parece que están felices, Paul no es el hombre sombrío, sucio y ojeroso que se escondía en la cueva como un fantasma cada tarde. Es un hombre nuevo al que la vida parece estar dándole una segunda oportunidad.
Voy a desayunar con él y Lisa se sienta a nuestro lado para escuchar la historia que Paul nos quiere contar. Ha estado unos días ingresado en el hospital con varios indigentes más, ha oído sus historias y los motivos que han hecho que terminen en la calle, como él, pero él ha tenido un ángel de la guarda que le ha ofrecido, amistad, compañía y un techo bajo el que refugiarse. A nosotras se nos abren los ojos como platos al oír la noticia, aunque, por el gesto que pone, creo que Lisa sabe más de lo que aparenta. Ese ángel benefactor es, Too-lo, un hombre bueno y trabajador que se siente y es mujer por todos los poros de su piel. Me encanta la noticia y no puedo evitar darle un beso y apretarle la mano. La vida les sonríe. Sí, a los dos –dice Lisa- y me cuenta que ha contratado a Paul para que se encargue de las neveras de los helados y de vender las pulseras y collares que puede seguir haciendo mientras no tenga clientes. Todos sonríen al ver mi cara de asombro, todos, incluido, Too-lo, que ha parado un segundo detrás de ellos y besa la frente de su amigo. Aprovecho para hacernos un “selfie”, de esos que están de moda ahora. Salimos los cuatro riendo.


Dedicado a todos los que perdieron la esperanza porque seguro que en algún momento la vuelven a encontrar. Muchas gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con la familia y amigos. Gracias.

La playa de Dulcinea 52 –Un bautizo en la arena

La playa de Dulcinea
52 –Un bautizo en la arena
Ayer por la noche, antes de cerrar el chiringuito, Lisa me pidió que viniera esta tarde a las ocho vestida de blanco y con algún adorno en el pelo; he supuesto que quiere hacer una fiesta de verano y, por algún motivo que no entiendo, ya que no soy buena clienta, quiere que esté con ella. En el armario he encontrado tanta ropa blanca que no sabía qué ponerme. Me lo he probado todo y al final me ha costado decidirme. Voy de blanco y me he puesto unos jazmines sujetos en el pelo, haciendo algo parecido a una diadema. Me veo guapa con mi melena al viento y vestida de fiesta.
Ayer le vi entre la gente del mirador que observaban como bailaban en la arena, estaba en la bifurcación de las escaleras, en el rellano que separa las que van hacia las rocas con las que van hacia la playa, tenía un caballete de madera apoyado en la barandilla pero sin montar y tomaba apuntes en un cuaderno grande de dibujo, usaba carboncillo que difuminaba aquí y allá con los dedos hasta que hizo una reproducción exacta de esta zona de la playa que parece un lago. Hoy tiene el caballete montado y sobre él hay un lienzo  no muy grande, está tomando medidas de las distancias y parece sentirse satisfecho con el resultado; Guiña los ojos y mira a la lejanía, luego retoca el perfil de las montañas o el de los acantilados y vuelve a mirar a lo lejos. Para mi está perfecto, solo queda empezar a darle color, tiene la caja de pinturas en el escalón, cerrada; sacude con un trapo el carboncillo del lienzo hasta que no queda más que una sutil marca y hace una mezcla de rojo, azul y blanco con la que dibuja con un pincel fino, todos los contornos y detalles del dibujo, luego lo deja secar apoyado en la roca. Me gusta tanto verle trabajar que he hecho como que espero al ascensor para bajar a la playa. Ya he perdido tres. Es un hombre alto y fuerte, con la cabeza rapada y un aspecto bonachón y feliz que se contagia. Recoge sus cosas con calma, me saluda al pasar a mi lado y me da las gracias por valorar su trabajo. Yo le doy las gracias a él y quedamos en volver mañana por la tarde para seguir con la pintura. Le digo que me interesa seguir la evolución de su obra. Me hace ilusión. A él parece que también, sonríe y se va hacia el semáforo cargado con todo.
Bajo a la playa y encuentro a María del Fin y a sus hijas disfrutando del primer baño del año, Lisa le ayuda mientras Nicolás hace fotos desde su silla de ruedas. En el chiringuito hay una mesa engalanada con flores y velas. Don Ramón, el cura del barrio me saluda y agradece mi presencia y mi ayuda. No entiendo nada hasta que veo los utensilios de bautizar que coloca sobre una mesa ante la mirada atónita de los clientes y mía. Empiezo a comprender justo en el momento en el que llegan Lisa y María del Fin con las pequeñas recién duchadas y muertas de risa. Me asombra ver lo mucho que han cambiado las niñas en unos días, parecen muñecas. Son preciosas, intento adivinar cuál de ellas es Lisa y quien es Dulcinea. Tengo un cincuenta por cien de posibilidades de acertar. Todos estamos vestidos de blanco, los camareros, los suegros de Lisa que están en la cocina, su marido, Nicolás y yo. El cura nos habla de la bendición que supone tener un hijo, del esfuerzo y del amor de una familia que empieza; comenta la suerte de tener amigos y la satisfacción de ver crecer a estas criaturas que han traído alegría a sus padres y madrinas -noto como se me escapan las lágrimas. No estaba preparada para algo así- María del Fin me da la mano y sonríe con sus preciosos ojos color de mar. Tras el bautizo tomo en brazos a mi ahijada y la observo hasta quedarme grabados todos sus rasgos en la cabeza. Es preciosa. La primera vez que le cojo tengo la sensación de que se me va a escurrir entre las manos; luego ella me agarra el dedo y siento que ya tiene mi corazón para siempre. La abrazo y sonríe con su boca sin dientes. Es de porcelana, de porcelana y nata. Cuando empieza la cena ellas ya han tomado el biberón y se quedan dormidas en la sillita mientras nosotros disfrutamos de una noche espectacular, de la luna amarilla, de una cena sabrosa y  de una conversación amena y divertida. No se puede pedir más.



Dedicado a todos los que se merecen una sorpresa agradable. Gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Si os gusta, compartirlo con los amigos. Gracias. 

martes, 12 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 51 – Pasos de tango

La playa de Dulcinea
51 – Pasos de tango

Amenaza lluvia hace dos días pero no cae ni una gota, es más, se diría que hace más calor y que la sensación de humedad es mayor. La playa me atrae a cualquier hora del día o de la noche, siempre mis paseos terminan en  el mirador, desde el que observo una gran extensión de playa, los dos grandes hoteles, las torres de apartamentos que bloquean, en parte, la continuidad de la arena (se puede rodear por encima de las rocas y seguir hacia el otro lado de la playa).  
El faro corta la noche en círculos iguales y dibuja la silueta de dos barcos que hay fondeados cerca, escapando del temporal que parece que se avecina; las nubes negras siguen surcando el cielo pero la tan deseada tormenta no llega, solo hay calor, calor y humedad. Hoy el chiringuito de Lisa se ha vaciado de golpe, todos sus comensales, turistas y amigos, están en la arena, han mandado poner los altavoces del equipo de música colocados en dirección hacia la playa y están bailando un tango. Son catorce parejas, parecen estar borrachos por las voces que dan pero en cuanto suena la música se trasforman y se deslizan por  la arena como si fuera la madera pulida de un salón de baile; algunos les miran desde las rocas y el más mayor les da consejos mientras ejecuta los movimientos que quiere corregir. La luna, llena y  amarilla, les ilumina al igual que el faro, cuya luz les da en la cara a intervalos iguales. El mar se está encabritando y baten las olas contra las rocas de una forma más ruidosa. Varios curiosos han dejado de pasear para ver el espectáculo desde el mirador, como yo,  algunos se han sentado en las escaleras mientras fuman y hacen fotos del grupo que baila haciendo dibujos con los pies descalzos en la arena.
En la cueva vacía dormían dos perros abandonados que se han sobresaltado con la música, miran, sentados somnolientos en la entrada de la cueva como se mueven esos seres que parecen espectros en la noche, luego se rascan las pulgas, olfatean el cubo de basura del chiringuito, cogen algo que les lanza Too-lo y se van con ello en la boca a esconderse en la oscuridad de la cueva mientras la música sigue sonando; en todas las ventanas cercanas hay alguien asomado observando los pasos y giros de los bailarines en la arena. Los que se han quedado en el chiringuito siguen bebiendo y cantando la canción que sus compañeros bailan.
Cuando terminan de danzar, todos los espectadores aplauden y piden más, siendo complacidos. El cantante ha cogido un micro y desde las  rocas canta mientras todo el cuerpo de baile hace pasos, vueltas y contoneos al son de la música de fondo y la voz rota del cantante. Al terminar se aplauden unos a otros y lo celebran con un par de botellas más de licor. Suben las escaleras a trompicones y llaman, a silbidos, a los taxis que pasan, mientras Lisa cierra a toda prisa el chiringuito.
La noche, llena de nubes de tormenta, se queda en silencio, roto tan solo por el batir de las olas contra las rocas, la luz del faro y el resplandor dorado de la luna sobre el mar crispado.


Dedicado a todos  los que han deseado en una noche de calor que caiga un buen chaparrón que la refresque. Gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren.  Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con la familia y amigos. Gracias. 

lunes, 11 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 50 –Líneas de tinta antigua

La playa de Dulcinea
50 –Líneas de tinta antigua

Hace días que viene una mujer misteriosa a la playa, está ligeramente bronceada, lleva sombrero, gafas oscuras, cesta de mimbre y pareo de colores, su rostro es una incógnita. Se sienta, en el chiringuito, en  la mesa de la esquina; pone una toalla fina de color vivo sobre la silla, se quita el pareo y deja que el sol le dé en los lugares en los que no cubre el bañador; no se quita ni  el gorro ni las gafas. Suele pedir pan tostado con aceite y rodajas de tomate, otras, solo pide un café con ensaimada. Viene tan pronto como yo y, a veces, ha llegado antes y ha esperado a que abra Lisa su establecimiento, sentada en las escaleras que dan a las rocas. Es elegante y discreta, habla con voz clara pero sin elevar el tono. Tiene un suave acento de algún país de América del Sur. Una vez le oí decirle a Lisa que en su país ahora es invierno y no hace tiempo para ir a tomar el sol a la playa. Solo sé eso de ella y que le gusta hacer sudokus y crucigramas y, lo que más me llama la atención, que escribe, siempre está escribiendo en un cuaderno grande, lo hace con pluma, tiene una bonita letra que se tumba hacia la derecha y no se tuerce en las líneas. Al salir del agua he visto su cuaderno, sujeto con una piedra para que el viento no pase las páginas mientras ella nada. Me atraen esas líneas azules que no llego a poder leer. Nadie escribía aquí con pluma pero ella lo hace cada día durante horas, interrumpiéndose con pequeños baños y duchas para volver a recuperar la actividad febril de escribir y contar cosas. Habla poco pero lo cuenta todo en sus líneas azules que brotan de su cabeza en este lugar frente a este mar que parece un lago. Cuando la playa se llena de gente y los gritos hacen imposible oír el mar, ella se levanta lentamente, paga su consumición y se va dejando que flote tras ella el pareo de colores.
Cuando he pasado a su lado esta mañana, me he fijado en sus manos, son finas pero fuertes, tiene las venas que se le notan sobresaliendo, azuladas, de la piel, uñas cuidadas y pintadas de un color entre rosa y naranja y luce unos anillos que brillan con el sol, no son exagerados, pero se nota que son buenos. Su mano sujeta la pluma con delicadeza, parece una prolongación de su propio cuerpo que escribe con el mismo ritmo que lleva los latidos de su corazón. A veces se queda mirando a lo lejos y sonríe con una sonrisa enigmática, como si hubiese encontrado la línea perdida que le hace falta para seguir llenando y llenando líneas de color azul en su cuaderno, otras veces mira fijamente al cielo, parece que su mente se queda colgada de una nube hasta que vuelve a enlazar las líneas azules de su escritura con otra hornada más que se apresura a escribir.
 Hemos coincidido en la escalera del chiringuito al irnos, ella le decía a Lisa “me llamo Nora”, Nora y un apellido que me ha sonado como piedra semipreciosa pero que no he podido retener. Bonito nombre para una escritora.  

Dedicado a todos mis amigos lectores, gracias por estar ahí y hacer comentarios, espero que no os moleste los guiños que os mando en mis escritos, Van con todo mi cariño y agradecimiento, sin vuestro apoyo estas líneas estarían metidas en un cajón. Gracias por leerme, si os gusta, compartirlo con la familia y amigos. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren.Todos los derechos reservados.



domingo, 10 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 49 – El pie de Paul

La playa de Dulcinea
49 – El pie de Paul

Karen y Dieter han dado un gran paseo hoy por la playa, tan largo que han llegado a la zona en la que suelo estar yo, mi trozo de playa,- como ellos dicen-. La alegría de volvernos a ver ha sido enorme y, sin presentarles a Lisa, nos hemos sentado en una mesa de su chiringuito para ponernos al día de nuestras vidas y hacer planes de los nuevos viajes que queremos realizar juntos. Tras una cerveza ha venido otra, que nos ha servido, Too-lo, extrañamente serio y taciturno. Tienes los ojos tristes y el abanico apático. Nos hemos puesto a comentar los personajes curiosos que pueblan la playa y, no sé por qué, les he comentado la desaparición de Paul, nuestro mendigo que vive en la cueva y hace collares de piedras, cuentas, algas, plumas y conchas. Karen se ha quedado pensativa un momento, justo en el momento en el Too-lo nos sirve otra ronda, y ha dicho: “Acabamos de ver a un hombre con muletas tirado a la sombra de un montón de hamacas que hay más para allá”. Al camarero se le ha caído de la bandeja la última caña y, con los ojos llorosos nos ha pedido de rodillas y juntando sus manos, que le acompañemos a buscarlo.
Lisa le da permiso y salimos, los cuatro, a la carrera por la playa. Too-lo, llora y ríe mientras mira al cielo y le hace un gesto que parece una oración y un profundo deseo al mismo tiempo. No podemos seguir a este ritmo, reducimos la marcha y, a paso rápido caminamos hasta que Karen, sonrojada y sonriente, nos señala el montón de hamacas hacia el que sale disparado Too-lo, gritando el nombre de Paul con las pocas fuerzas que le quedan. Desde lejos nos grita “¡Si es, sí, es Paul!”.
Paul está tumbado en la arena, vestido solo con un bañador, las cosas de su mochila están esparcidas por la arena y le falta el calzado, está tiritando, sonríe a medias al oírnos decir su nombre y no consigue abrir los ojos. Está rebozado en arena, entre todos le llevamos a la ducha y le dejamos debajo un buen rato mientras Too-lo le sujeta sin pensar que se está mojando el uniforme del chiringuito y nos pide que le traigamos agua y zumo de limón. Paul tiembla y se abraza a Too-lo dándole las gracias y besándole la frente, mientras su amigo solo repite una y otra vez “estás vivo”, “estás vivo”, “estás vivo” sin poder controlar las lágrimas.
No puede apoyar el pie en el suelo, cada vez que lo intenta gime y una mueca de dolor le cruza la cara. Decidimos que tiene que ir al hospital y Too-lo se ofrece a llevarle. Para un taxi y desaparecen los dos, camino del servicio de urgencias más cercano.
En el chiringuito más cercano tomamos un refresco y nos despedimos hasta la próxima. Karen y Dieter saben que les llevo en el corazón, al igual que sé que ellos me llevan a mí, aunque nos separen kilómetros de playa, mar y vidas con horarios  muy distintos. Me ha alegrado mucho verlos. Vuelvo a mi parte de la playa caminando por la arena y pensando en todo lo  que he vivido hoy. En cuanto llego al chiringuito de Lisa pregunto si se sabe algo de Paul y le cuento a la dueña todo lo que ha pasado. Aún no hay noticias, hace mucho calor y el negocio está a tope. Too-lo, no ha vuelto.


Dedicado a todos los que a veces han hecho lo que debían en vez de lo que tenían que hacer. Muchas gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os ha gustado, compartirlo con la familia y los amigos. Gracias.

sábado, 9 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 48 –Un lugar para llorar

La playa de Dulcinea
48 –Un lugar para llorar´

Acaba de aparecer el sol en el horizonte y el semáforo, como siempre, está en rojo para los peatones; Me entretengo en mirar a un hombre que está bajando del coche un cochecito de bebé, una bolsa, una nevera portátil y a dos niñas, una que debe tener poco menos de un año y la otra debe estar a punto de empezar el colegio. Está solo, es raro ver a un hombre con niños tan pronto en la playa, sobre todo porque el ascensor aún no está en marcha y no sé de qué manera va a poder bajarlo todo sin dejar en algún momento, descuidadas a las niñas. Son muy distintas, una tiene el pelo rizado y oscuro, como su padre y la otra, la más mayor, tiene una preciosa melena rubia. De lejos nadie diría que son hermanas, hasta que  vemos sus preciosos ojos verdes, iguales  en todo, hasta en el brillo y las pestañas que los adornan. La pequeña llora inquieta intentando arrancarse el pañal mientras la hermana le acaricia la cara y sujeta el cochecito, tal y como le ha dicho su padre; él es un hombre que ha debido pasar de los treinta años hace muy poco, tiene el pelo rizado y oscuro pero en las sienes ya luce canas tempranas; lleva una bermuda roja y una camiseta gris claro de cuello en pico. Al cuello lleva colgada una cadena de oro que, cuando se inclina, deja colgando un anillo de oro, un anillo sencillo, tan solo un aro que no es muy grande. El semáforo, tras pasar como un loco un  autobús articulado, se ha puesto en verde.
Llego al mirador  y oigo a mi espalda que el hombre me pide ayuda, quiere que de la mano a la niña mientras el baja, por las escaleras el cochecito con la pequeña que llora desesperada tirando con rabia del paquete que lleva puesto. Me ofrezco a bajar a las dos niñas mientras él se encarga de todo lo demás, respira aliviado y me da las gracias. Al coger en brazos a la pequeñita, noto que lleva el paquete encharcado y que huele muy mal, seguramente también ha hecho caca. La mayor me da la mano confiada y sonríe cuando dice que se llama Sol, como su mamá, bajamos despacio las escaleras hasta la arena, tumbo a la pequeña en mi toalla y le quito el paquete. En ese momento nos llega un olor espantoso que nos hace torcer la cara. Sol dice que su hermana es un poco cochina y que no sabe hacer las cosas en el wáter porque es muy pequeñaja. Aún no tiene un año. El padre, menos mal, me acerca un paquete de toallitas y un paquete limpio mientras se disculpa. Tiene los ojos brillantes y profundas ojeras.
Sol se acerca con el bañador en la mano, le ayudo a ponérselo mientras su padre coloca la sombrilla y la sillita de la pequeña a su sombra. El sol ya se levanta del horizonte y Lisa empieza a abrir el chiringuito. Sol y yo paseamos hasta la cueva en la que solo está la colchoneta rosa de Paul -quizás también él se ha ido de vacaciones- mientras Jorge le da el biberón a su hija. Se ha presentado cuando hemos pasado a su lado.
Poco después se meten los tres en el agua, el padre  llevando en brazos a las dos pequeñas, que ríen y chillan al contacto con el agua que hoy está más cristalina que nunca. Les veo desde lejos mientras me sumerjo en las aguas. Hay algo de tristeza en esa estampa pero no sé qué es.
Mientras me dejo mecer por las olas veo como bajan por las escaleras, de seis en seis, los bañistas; van cargados con colchonetas, flotadores y sillas. No está la economía como para alquilar hamacas para todos.
Estoy tumbada al sol haciendo mi primer crucigrama de la mañana, cuando se acerca Sol, comiendo un bocadillo y llevando un batido de chocolate en la otra mano, se sienta en mi toalla, a mi lado, y me dice, abriendo mucho los ojos, ¿sabes que mi mamá está en el cielo? Se fue hace cinco días –y me enseña su manita con todos  los dedos extendidos, después de dejar el batido en la arena- ¿Tú sabes cuándo va a volver?


Dedicado a todos los que han perdido a alguien que querían de verdad. Gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os ha gustado, compartirlo con la familia y amigos. Gracias.

viernes, 8 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 47 –Amor eterno. Un, te quiero, bajo la luna

La playa de Dulcinea
47 –Amor eterno.  Un, te quiero, bajo la luna

La noche está negra y llena de estrellas, es la dueña compartida de la playa. En el chiringuito de Lisa no queda ni una mesa libre, los camareros, la cocinera y el jefe de barra no paran de trabajar, mientras Lisa da órdenes a diestro y siniestro y lleva platos a las mesas. La luna, creciente, tiene un brillo blanquecino que dibuja un camino en el mar oscuro, salpicado de barcos fondeados.
En la playa hay varios grupos que hablan y ríen, sentados en círculo sobre las toallas, unos, y otros, cantando y dando palmas apoyados en la pared del chalet grande que da a la playa y al mirador – en el que cena una familia que ha alquilado la planta alta y ha puesto una bandera  de su provincia que ondea al poco aire de la noche-. En algún lugar hay un bebé que llora desesperadaménte.
Varios niños juegan y hacen castillos en la orilla, un par de parejas nadan y se besan en el agua y dos chicos buscan la pelota con la que jugaban a las palas y que, por suerte, han perdido en algún lugar. Al salir del agua me tropiezo con ella y la empujo bajo mi toalla, mañana la encontrarán, pero esta noche no. Vamos a tener la noche en paz. Una de las parejas ha salido del agua y se secan uno a otro entre risas, entreteniéndose en las zonas más íntimas, parece que creen que nadie ve sus juegos; luego sacan el móvil y empiezan a hacer fotos, él posa haciendo como que tiene la luna en sus manos y se la ofrece a ella, como foto puede ser que quede muy bonita, ella ríe bobalicona y le abraza mientras siguen haciendo fotos que me deslumbran. Se podían ir a jugar a otra parte. Parece que me han leído los pensamientos y se meten, corriendo y saltando olas inexistentes, en un mar que acaricia sus cuerpos desnudos que se buscan con pasión.
Too-lo ha venido a verme, dice que está preocupado porque en todo el día no ha visto a Paul; ha ido varias veces a la cueva y sigue vacía, está la colchoneta rosa pero no está ni la mochila ni las muletas. Es posible que haya ido a comprar material para hacer más collares porque en los últimos días ha vendido todo lo que ha hecho y, al paso que va, tardará en volver. El camarero parece tranquilizarse mientras agita, nervioso, el abanico de lunares. Dos minutos más tarde le llama Lisa, a gritos; hay una mesa que espera y la comanda ya está sobre la barra de la cocina en la que la suegra de Lisa suda a chorros y se pasa el trapo de cocina por la frente continuamente.
Del mar llegan risas, chapoteos y jadeos mientras el rumor de las olas, que provocan los barcos de línea al salir del puerto y pasar frente a la playa, chocan contra las rocas y levantan espuma que parece de color gris. La noche es tropical, hace calor y hay humedad. Las palmeras de la curva no mueven ni una rama y los paseantes de la noche caminan despacio para no sudar más. Nada calma este calor.

Dedicado a todos los que han pasado calor alguna vez y han soñado con una noche de lluvia. Muchas gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con los amigos. Gracias.