jueves, 21 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 60 -Dos Marietas y una cueva

La playa de Dulcinea
60  -Dos Marietas y una cueva
Vuelve el calor con más fuerza que en  los días anteriores a la tormenta. La playa está casi vacía, cosa rara; solo hay seis toallas extendidas en la arena, dos hamacas y tres sombrillas. Veo como se ducha la dueña de Marieta, como da manguera Too-lo al suelo del chiringuito, como rastrilla la playa el chico de las hamacas –aún no sé su nombre- y como limpia las mesas Lisa mientras la playa se llena de olor a café y pan tostado que está preparando su suegra.
Un baño a estas horas es lo mejor que se puede hacer para empezar bien el día, desde mi lugar privilegiado, de aguas transparentes y frescas, veo cómo se desarrolla la vida de la playa. Marieta corre detrás de las gaviotas, que han dibujado durante la noche, en la arena, con la marca de sus patas, un precioso tapiz; poco a poco el rastrillo va a ir borrándolas.
La chica de la cueva se ha puesto un bañador y está haciendo limpieza con una escoba vieja, ha sacado todo a la entrada de la cueva: La maleta roja, la colchoneta de plástico rosa que era de Paul, dos sillas plegables, una sombrilla, un palé, un florero algo roto con flores de plástico y un montón de ladrillos y estantes. Se ha acercado a la orilla con un cubo, sin asa, en la mano y ha cogido agua. Nos hemos saludado al cruzarnos en la orilla, ella se ha metido en la cueva y yo me he tumbado al sol; al poco rato está en la entrada, barriendo y recogiendo con un catón todo el polvo, hojas y restos que había dentro. Marieta, la perrita, juega a su alrededor. Ya se empieza a llenar la playa y ata al animal en una mata que hay junto a la entrada de la cueva, a la sombra, y recoge la ropa que tiene tendida en un cordel que va desde una roca al tronco de la mata, la dobla y desaparece en el interior.
Algo de la cena me ha sentado mal y necesito ir urgentemente al aseo, con esa excusa me siento en una mesa del chiringuito y pido un desayuno, poco antes de salir, a toda prisa, hacia el lavabo. Lisa y Paul cuchichean entre el rincón de los helados y la mesa de los abalorios. Cuando vuelvo, los dos me esperan junto a mi mesa. Nos sentamos y me ponen al día de la vida de la nueva inquilina de la cueva –la vemos a lo lejos, junto a la entrada, parece que escribe o dibuja algo en una caja vacía de cartón-.
Por lo visto es una chica con estudios y preparación que ha estado viviendo los últimos cinco años con un hombre, veinte años mayor que ella, que tiene un chalet en la parte alta de la urbanización y al que había abandonado su mujer hace casi diez años, yéndose a vivir a Londres y dejándole a él, solo, aquí, pero sin divorciarse. Ahora la mujer, enferma y millonaria, ha vuelto para terminar sus días junto a él y dejarle su gran fortuna. Él no lo ha dudado ni un momento y ha echado a la calle a la joven, casi con lo puesto. La joven, se llama Marieta, sí, como la perrita, por lo visto fue una broma de su pareja porque le decía que así seguro que alguna de las dos le haría caso.
Nos hemos quedado los tres en silencio un buen rato, mirando a Marieta que sigue pintando algo en unas cajas sin darse cuenta del interés que despierta. Paul dice que le ha visto coger restos de comida de los cubos de basura del chiringuito y propone, junto con, Too-lo, que acaba de llegar con dos bolsas llenas de barras de pan, que hagamos un bote para el desayuno, la comida o la cena, del amigo de la playa. Todos pensamos, estoy segura, en Marieta. Lisa dice que ella colabora poniendo el precio de coste y que da, a elegir, para el desayuno, café con tostadas de pan y tomate con aceite, o mermelada y mantequilla, para la comida, da a elegir,  plato de pasta o plato de paella, y para la cena, huevos con patatas o hamburguesa o salchicha con ensalada o patatas. Paul dice que el regala un helado por día y pone, en el vaso de barro de un helado vacío, dos euros. Nos parece una gran idea y todos, hasta Lisa, ponemos la misma cantidad. Se lo iremos diciendo a los habituales de la playa. Marieta no va a pasar hambre y con un poco de suerte quizás, don Ramón, el cura, le encuentre pronto algún trabajo. Los canarios Trinan sin cesar y el mar es un espejo de agua cristalina.

Dedicado a todos los que, en algún momento, han podido ayudar a alguien que lo necesitaba. Muchas gracias por leerme, un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados, si os gusta, compartirlo con la familia y amigos. Gracias.

    

martes, 19 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 59 –La mujer de la gorra blanca

La playa de Dulcinea
59 –La mujer de la gorra blanca

Hoy he llegado a la playa un poco más tarde de lo habitual, ya todo está en marcha, el chiringuito abierto, las hamacas colocadas, la playa rastrillada, las toallas extendidas y todos los clientes con el desayuno servido y leyendo la prensa bajo el sombrado y arrullados por el trino de los canarios y el rumor de las olas. Hay un hombre que mira el ascensor, lo llama y confirma que funciona; lleva dos sillas en una mano y una nevera en la otra, del cuello lleva colgada una bolsa de lona de la que sobresale una toalla y una revista doblada. Es pequeño, tiene la cabeza rapada en la que se le ven unas cuantas cicatrices y una pierna con la que cojea y en la que se ve una cicatriz reciente. Lleva gafas de sol. Coloca las sillas  junto al paseo de madera que llega hasta el mar, pone las toallas en cada silla y deja la nevera junto a la pared de roca, a la sombra y se va en el ascensor.
Hoy apetece darse un baño, la temperatura es alta y el agua está fresca, me sumerjo asustando a los peces que, confiados, curiosean en la orilla. Del ascensor veo salir al hombre de la cicatriz en la pierna, lleva de la mano a una mujer pequeña y delgada que lleva una gorra blanca, andan despacio, con mucho cuidado, hasta que llegan a las sillas y ayuda a sentarse a su compañera mientras le desabrocha el vestido y le quita los zapatos, coloca la ropa, con cuidado en el respaldo de su silla y le pone crema protectora en la espalda, los brazos y las piernas, luego le da la revista y él saca un periódico deportivo que lee sentado en la silla junto a la mujer de la gorra blanca. No hablan. Ella tiene la revista en el regazo y mira hacia el mar fijamente, como copiándolo en su mente. Tiene la piel muy clara, casi gris, se mueve poco y solo lo hace para levantar la cara hacia el sol y cerrar los ojos durante tanto tiempo que parece que se ha dormido; de sus ensoñaciones le saca un perrito pequeño, blanco, que se le ha subido a las piernas, ella le mira y le acaricia con ternura y con manos torpes y lentas. Desde la cueva cercana una mujer grita: “Marieta, Marieta” y la perrita se aleja en dirección a la voz.
No sabría decir qué edad tiene esta pareja de piel tan blanca que parecen de alabastro, están juntos y cercanos pero parecen encontrarse a años luz uno del otro; no se miran ni se hablan. Ya empieza a notarse el calor, él saca de la nevera un termo y le pone un vaso, se lo da y bebe un sorbo largo, lo contrario que ella que casi no se moja los labios la primera vez que lo intenta, en la segunda ya da unos sorbos y en el tercer intento se termina el vaso entero.
Se levantan de la silla con dificultad y van hacia la orilla, se mojan los pies y entran, a pasitos cortos, en un mar que es fresco y transparente en toda su inmensidad.
En el mirador, Juan, el pintor, toma apuntes de la playa desde un punto de vista distinto, más elevado y mirando en dirección contraria a la que miraba cuando pintó el cuadro anterior. Hay varios ciclistas que miran la playa desde arriba y algunos turistas que hacen fotos de la playa.
Too-lo canta mientras sirve a los clientes y Paul hace pulseras y collares de cuentas, plumas y caracolas mientras espera que los clientes vengan a pedirle algún helado. Lisa charla con don Ramón, el cura, que, cosa rara, ha venido dos días seguidos a la playa.
La pareja pálida se bañan casi en la orilla, les llega el agua a la cintura y parecen no querer aventurarse más adentro. Ella lleva la gorra blanca que le tapa media cara y él la sujeta por el brazo como si fuese una obligación. No hablan, ni se miran. Solo están ahí, cercanos pero distantes. Ella se moja la cara, el pecho y los brazos con agua de mar, con desesperación, como si fuera un deseo difícil de realizar y él mira a la lejanía sin quitarse las gafas de sol.
 El barco de mediodía sale de la bocana del puerto de la ciudad, en breve llegarán hasta la playa las olas que producen sus motores. El mar se va llenando de valientes, el calor aprieta. Llegan las olas a la playa con estruendo, la pareja de la piel blanca no pueden salir del agua, el mar les arrastra una y otra vez hacia el fondo, parecen dos borrachos que vapulean las olas sin tregua, estoy lejos, flotando en el agua y no les puedo ayudar, nadie lo hace; ella ha perdido la gorra blanca – que flota en el mar-  y ha quedado al descubierto una cicatriz que le recorre la cabeza de lado a lado, aún está roja e hinchada, ha debido sufrir una delicada y reciente operación pero nadie les ayuda. Quizás piensen que son borrachos a merced de las olas. Yo esto tan lejos que voy a tardar unos minutos en llegar a su lado. Espero que no se ahoguen.

Dedicado a todos los que hemos mal entendido una situación. Muchas gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con los amigos y la familia. Gracias.   


La playa de Dulcinea 58 –Don Ramón, el cura

La playa de Dulcinea
58 –Don Ramón, el cura
Por fin ha salido el sol, hemos tenido un pequeño otoño de dos días en medio de un verano caluroso. La temperatura va subiendo poco a poco pero aún se nota el aire fresco y el olor a tierra mojada. No cantan las chicharras ni huele a tierra reseca, de momento. Parece que la vida de la playa se recupera aunque los bañistas no se acercan mucho al agua, prefieren tomar el sol.
Lisa tiene trabajo doble porque la lluvia le ha llenado el chiringuito de púas de pino y ha tenido que barrer las escaleras y las terrazas, ya que con la manguera no bastaba. El chico de las hamacas también ha necesitado que, Too-lo, le ayude a rastrillar y limpiar las algas y restos de la tormenta.
La playa recobra la calma. Hoy quiero tomar el sol, me lo pide la piel, después de las tormentas se aprecia más el sol. El cielo está despejado y se ve la playa en toda su extensión, al igual que las montañas, los acantilados y la gran playa de la bahía que se ve, a lo lejos, como una cinta blanquecina dorada por el sol. Los canarios de Lisa cantan en sus jaulas y mordisquean  los trozos de manzana y lechuga que les pone su dueña poco antes de que lleguen los clientes.
Don Ramón ha llegado casi a la vez que yo, mientras coloco la toalla veo como saluda a todos los del chiringuito y se pone a hablar con Lisa mientras se toman juntos un café. Don Ramón es un cura de los de antes pero joven, lleva sotana y alzacuellos pero baña sus pies en el mar por lo menos una vez a la semana, saluda a los parroquianos conocidos y se presenta a los desconocidos, habla varios idiomas y a todos les invita a ir a su iglesia; siempre,  antes de despedirse, hace entrega de tarjetas con la dirección y los horarios de las misas y explica que tienen servicio gratuito de guardería con jóvenes voluntarias a las que les encantan los niños. Ni por esas consigue llenar la iglesia aunque es cierto que desde que está en el barrio –hace más o menos cinco años- se ha notado un aumento de personas que a veces nos acercamos hasta la iglesia aunque solo sea con la excusa de entregar ropa o algo de comida para que la reparta entre los necesitados del barrio. También ha conseguido hacer un coro de chicos que andaban metidos siempre en líos y que ahora disfrutan de ensayar canciones y, de paso, merendar uno de los estupendos bocadillos que, con sus propias manos prepara don Ramón cada tarde. Todo el barrio le quiere aunque a algunos no le parece bien que deje dormir en el porche de la iglesia a algunos inmigrantes a los que aún no ha podido colocar. Lisa y él hablan y señalan hacia la cueva; cuando paso a su lado y les saludo oigo solo dos frases: “…Una chica que vive en la cueva…” y “¿come de la basura que tirais?..”. En ese momento recuerdo a la chica de la maleta roja y a su perrita. Marieta. Don Ramón se remanga la sotana y se dirige  por la orilla hacia la cueva, le veo alejarse mojándose los pies y saludando a unos y a otros. En la entrada de la cueva se para unos minutos y luego desaparece en su interior durante tanto tiempo que hasta nos olvidamos de que está allí. La playa recupera su rutina de verano aunque el tiempo parece de primavera. Cuando termino de hacer el segundo sudoku veo pasar por la orilla a don Ramón, lleva las manos unidas en la espalda, camina despacio, se va mojando el bajo de la sotana pero parece no darse cuenta. Está preocupado y absorto en sus pensamientos. Se pone los zapatos y, casi sin despedirse de Lisa, abandona el chiringuito por las escaleras. El sol calienta cada vez más y empiezo a pensar que puede ser una buena idea darme un baño. A lo lejos oigo ladrar a un perro pequeño, parece que el sonido viene de la cueva. Debe ser Marieta.


Dedicado a todos los curiosos que están deseando saber quién es y qué le pasa a la chica de la maleta roja que vive en la cueva. Muchas gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados, si os gusta, compartirlo con los amigos y familia. Gracias.

domingo, 17 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 57 –Marieta

La playa de Dulcinea
57 –Marieta

Muy temprano, poco antes de que saliera el sol, ha empezado a llover; parece que el tiempo quiere fastidiar a los turistas que vienen a pasar el puente de agosto. Para mí es un placer ver llover después de tantos días de calor sofocante, la tierra huele de una forma distinta y parece que el paisaje entero se limpia; a mi perrita le gusta caminar bajo la lluvia y llegamos, como siempre, al mirador de la playa. El sol debe estar saliendo en este momento, por el color rojizo que le da a las nubes lejanas, casi no se ven las montañas del fondo, esas que parecen el pecho de una mujer tendida en la orilla, ni los acantilados ni el mar lejano, todo lo cubre la fina lluvia. Hasta las olas del mar parece que hablan en un tono más bajo.
Hacia el mirador viene una mujer joven arrastrando una maleta roja con ruedas; está llorando y un perro pequeño y blanco, que lleva dentro de un bolso, le chupa la mano y gime. Ambos tienen la cabeza mojada y los ojos tristes,  La mujer va hacia el ascensor y lo encuentra cerrado, lee el horario y mira su reloj de pulsera, un reloj que parece caro,  baja por las escaleras arrastrando la maleta hasta la cueva. Luego suelta al perrito que corre por la playa ladrando a las gaviotas y olisqueando las algas. Mi perrita, al verle ha salido corriendo, arrastrando la correa que se me ha soltado de la mano del tirón que no esperaba, juegan juntos, saltan y corren con la energía de su edad. No me queda más remedio que bajar a  recuperarla ya que no hace caso cuando la llamo, ni ofreciéndole darle algo, ni amenazándola. Es un perro jugando con otro perro que se ha olvidado de todo lo demás.
La joven se ha sentado en la colchoneta rosa que dejó Paul y que, extrañamente, aún sigue ahí –la veo de refilón en la entrada de la cueva-, se quita la chaqueta y la cuelga de un saliente de la roca, luego se quita los zapatos y abre la maleta, llena de ropa, rebusca hasta encontrar unas zapatillas deportivas y se las pone mientras sigue llorando. De vez en cuando van los dos animalitos a verla y salen disparados otra vez para jugar en la arena. Solo están ellas en la playa, a mí me quedan tres escalones para llegar. Llamo a mi perra que, me mira y sigue corriendo detrás de la perrita blanca que da saltos en la arena como si fuera de goma. No me hacen ni caso.
Hoy parece que Lisa no va a abrir el chiringuito, los pescadores tampoco han llegado y los veraneantes están asomados a las ventanas maldiciendo la suerte que tienen. Algunos aprovecharan para dormir o para hacer otro tipo de turismo.
Voy a llegar tarde a trabajar por culpa del pequeño saco de pelo que no me obedece, tengo que ir a por ella; la sensación de caminar con zapatos por la arena mojada es rara, parece que me hundo de tacón y que se me quedan los zapatos pegados, me los quito y salgo corriendo detrás de mi perra que, me mira, y sale disparada en dirección contraria, al cabo de unos minutos de perseguirlas y ver como se enfrentan a mí, las dos,  agachadas y ladrando, como si fuera un juego, me rindo y me siento en el escalón bajo el techado del chiringuito con ganas de ponerme a llorar.  Voy a llegar tarde al trabajo, en cuanto coja a esta puñetera perra le voy a dar un azote en el culo. Meto la cara entre las manos y en ese momento siento la cabecita pequeña de mi perrita sobre mi muslo. Ya te tengo, le digo, pero no se me van las ganas de llorar. Como si fuera una persona le voy diciendo, mientras la llevo en brazos subiendo la escalera, lo mala que ha sido y lo poco que me gusta que me haga rabiar. El animalito parece entenderme, gime y chupa mi mano mientras me mira con sus grandes ojos negros y las orejas hacia atrás. No puedo enfadarme con ella.
Cuando llego al mirador, me doy cuenta de que he olvidado por completo a la chica que lloraba en la cueva, le oigo que llama a su perrita que viene detrás de mí. ¡Marieta!, ¡Marieta!, ven…empujo a la pequeña bola de pelo blanco en dirección contraria a la que llevo y doy un zapatazo en el suelo para asustarla. Baja las escaleras a toda velocidad y entra en la cueva como alma que lleva el diablo.


Dedicado a todos los que alguna vez han visto una situación extraña y no han sabido reaccionar. Muchas gracias por leer mis escritos. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con la familia y amigos. Gracias.

sábado, 16 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 56 –Mecheros en la noche

La playa de Dulcinea
56 –Mecheros en la noche
Dando mi paseo con la perrita, como cada noche, he recalado en el mirador de la playa. Me gusta ver el ambiente que hay, los jóvenes jugando al balón, otros que ríen y charlan, sentados en círculo sobre las toallas, en la arena; parejas que se besan, abrazan y  esconden en el mar para llegar a dónde puedan llegar; familias que cenan en el chiringuito a la luz de la luna y de las bombillas que cuelgan de las enormes sombrillas; pescadores que pescan sueños de sirenas. Me llama la atención un chico solitario, sentado en una toalla, muy cerca de la cueva vacía, tiene en la mano un mechero que enciende y apaga a intervalos iguales, como un faro en el desierto de arena que le rodea, mira hacia los edificios de apartamentos que dividen la playa en dos y sonríe; en una ventana del tercer piso, que está a oscuras, otro mechero le devuelve la llama. Una, dos, tres veces, como un código morse que sólo ellos comprenden y que les hace felices. Parece que hay una historia escondida en esos destellos que se repiten sin parar. Se ha encendido la luz del tercer piso y veo una figura de mujer con larga melena que esconde algo en el bolsillo del vestido, se acerca a ella un hombre, parece que hablan y se van hacia otra zona de la casa que no se ve. Segundos después se apaga la luz del salón pero el chico sigue ahí, mirando fijamente hacia la ventana. Al cabo de un buen rato aparece de nuevo la llama entre las sombras de la vivienda; tres parpadeos, unos segundos de oscuridad y una llama que permanece durante bastantes segundos, luego se hace la oscuridad total, el joven responde desde la playa de la misma forma, recoge la toalla, la sacude, lanza un beso con la mano hacia la ventana y se va escaleras arriba, arrastrando la toalla que lleva colgando del brazo; cuando pasa a mi lado veo sus ojos tristes y una sonrisa enigmática que me cautiva.
Too-lo, Paul y Lisa trabajan sin descanso al igual que todos los miembros de su familia, los dos hijos llevan y traen platos, el marido prepara las bandejas con bebidas y ayuda a su madre en la cocina. Too-lo canta, mientras sirve las mesas, y da algunos pasos de baile; los turistas le aplauden y meten dinero en sus bolsillos a la vez que piden que cante más. Paul vende helados, pulseras y collares; hoy está de pie, a la pata coja y, de vez en cuando, se apoya en las muletas para acercarse a la mesita en la que tiene todo lo que fabrica en sus horas libres.
Los canarios de Lisa duermen en sus jaulas hechos unas bolas de pluma que, a veces, mueve la brisa de la noche; el mar, tan negro y misterioso, balancea los barcos fondeados en las cercanías de los que llegan risas y canciones lejanas. La noche se está poniendo demasiado fría para la época del año en la que estamos, la perrita, a mi lado, tiembla y me mira con sus grandes ojos negros, no le hace falta hablar para darme a entender que quiere volver a casa.



Dedicado a todos los que la lluvia, algún día, les ha fastidiado un plan. Muchas gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con la familia y los amigos. Gracias. 

viernes, 15 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 55 –Pintando el mar

La playa de Dulcinea
55 –Pintando el mar

Hace un día raro, han bajado las temperaturas y amenaza tormenta, el cielo está cubierto de nubes  de todos los tipos, formas y tamaños pero la gente no quiere estar en casa y han ido a las playas. Desde el mirador veo la playa llena, hasta donde me alcanza la vista hay gente. A lo lejos se ven las montañas y la playa larga que hay en medio de la bahía fundida con la niebla baja que sale del mar.
En el descansillo del primer tramo de escaleras está el pintor con todos sus materiales colocados sobre la tapa del maletín, los colores, del más claro al más oscuro, están colocados siguiendo un orden riguroso. Le saludo y él también, luego me invita, si me apetece, a quedarme para ver cómo se desarrolla su obra; poca gente más cabe en la playa, así que decido sentarme en un escalón, pegada a la pared, para verle sin molestar. Ha puesto los colores en la paleta, en distintas cantidades, blanco, ocre y azules muy abundantes y rojos, verdes, amarillo y naranja,  solo unas bolitas que me parecen escasas. El lienzo que trae es el que estaba dibujando la última vez que estuvo aquí, lo pone en el caballete, coge la paleta y un pincel grueso y mezcla con energía, azul, blanco y una puntita de carmín de granza –eso me dice-,  lo aplica sobre la zona que va a representar el cielo y pone, como al descuido, unas cuantas pinceladas en la parte que va a ser el mar para rellenarlo luego con varios tipos de azul mezclados con rojo. Toda la pintura está muy diluida con esencia de trementina, o eso es lo que pone en el bote del que echa en un pocillo y moja el grueso pincel. Ahora da la espalda a su obra y se sienta a mi lado, lía un cigarro y me cuenta su vida mientras espera, dice, que se seque su obra. Si esto es lo que hace me parece un mamarracho, pero no se lo digo.
Se llama Juan y tiene esta zona como su preferida para pintar paisajes; suele inventarse “sus” paisajes y pone elefantes y cocodrilos pero cuando sale a pintar, “del natural”, busca algún rincón por aquí. Se los conoce todos –me dice mientras limpia las mezclas que hay en la paleta y fuma-.  
Desde aquí veo a, Too-lo, sirviendo mesas y a, Paul, vendiendo helados, sentado, junto a la nevera. A un lado tiene expuestas sobre una mesa plegable, cubierta con una tela verde, algunos de sus collares y pulseras que llaman la atención de casi todas las mujeres que pasan por allí. Lisa sonríe y charla con los clientes; el día está malo para bañarse pero muy bueno para tomar un aperitivo junto al mar; este mar que tiene color de acero por momentos para recuperar retazos de azul y sol al momento siguiente.
Estoy a punto de poner la excusa de que me tengo que ir a ver a Lisa cuando, Juan, vuelve a poner color en la paleta y cambia de pincel, dejando el grueso en un bote a remojo. Se pone la gorra de su equipo de fútbol, entrecierra los ojos mirando el horizonte y hace una mezcla; la mira una y otra vez comparándola con el color del cielo que coincide con las montañas lejanas y empieza a pintar como empujado por un motor invisible. Va mezclando y aclarando tonos, no da cuatro pinceladas con la misma carga de color y vuelve a mezclar y a cargar el pincel que recorre el lienzo sin parar. Ahora empieza la magia. De sus pinceles salen formas y colores que nos tiene asombrados a todos los que nos hemos ido sentando en las escaleras para observarlo. Solo se oye el rumor del tráfico y los gritos apagados de las personas que están en la playa. Juan ha creado un cielo con nubes y luces que es más real que el que estamos viendo, de su pincel ha salido la costa con los tonos y las intensidades de la cercanía y de la lejanía. A veces se para y mira durante un rato –entrecerrando los ojos-  algo a lo lejos mientras nosotros, sus espectadores, contenemos la respiración hasta que vemos como dibuja con el pincel y un poco de color las casas lejanas, el Gran Hotel o la casa del Rey. Hace un alto en el trabajo y fuma otro cigarro, pero a la segunda calada, y después de dar unas explicaciones a un par de niños que le observan boquiabiertos, sigue pintando, luchando con un mar que tiene infinitas tonalidades y mezclas en el que navegan dos veleros de velas blancas que vimos salir del puerto deportivo hace un rato. El agua del primer término tiene una transparencia tan real que nos asombra. Juan hace una reverencia y dice que hay que esperar unos días a que se seque para darle los últimos toques. Aplaudimos todos a una y él agradece nuestro gesto y aprovecha para repartir tarjetas.
Al darle las gracias y despedirme, le comento que me gusta más su mar que el que tenemos hoy; me mira, agarra con fuerza mi mano, sonríe y noto en sus ojos un brillo acuoso que me incomoda. Quedamos en vernos otro día, le abrimos paso en las escaleras y pienso que sería feliz si me pudiera llevar este mar, como él, a su casa.


Dedicado a todos los que quisieran llevarse un trozo de mar para verlo cada día. Gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os gusta, compartirlo con la familia y los amigos. Gracias. 

jueves, 14 de agosto de 2014

La playa de Dulcinea 54 –Una barca llamada Soledad

La playa de Dulcinea
54 –Una barca llamada Soledad

La playa ha amanecido gris y plata, la orilla está llena de algas y palos pulidos por el mar; aún no han venido a limpiarla. Solo las gaviotas caminan por la arena dejando sus huellas como un calidoscopio bajo el sol entreverado de nubes. El mar reluce como plata vieja, su color ya no es azul. Noto el agua fría, hoy  no me apetece nadar, prefiero caminar por la orilla y redescubrir esos trozos de playa por los que no paso habitualmente. Llego hasta la cueva y dudo entre rodear las rocas sobre las que se asientan los tres edificios de apartamentos o dar la vuelta y seguir por la zona más fácil, al darme cuenta del calzado que llevo, unas chanclas, decido dar media vuelta y caminar por la arena. El aire es fresco y me pongo el pareo por encima de los hombros mientras flota tras de mi a cada paso asustando a las gaviotas que me siguen pidiéndome algo para comer. La arena está dibujada con la forma de sus patas aunque en una esquina, el chico de las hamacas, rompe ese dibujo a arañazos de rastrillo dejando surcos en la arena como en una cabeza recién peinada. Me gusta más el dibujo de patas de gaviota. Desde la orilla saludo a Lisa que baja apurada por las escaleras que dan al chiringuito, lleva colgadas dos cestas de mimbre de las que sobresalen trozos de verduras y hortalizas. Atravieso la zona de rocas del chiringuito y llego a la playa salvaje en la que duermen junto al mar media docena de chalets de lujo. Sus dueños han olvidado en la orilla veleros y catamaranes de competición; bajo la sombra de unas palmeras hay un hombre haciendo yoga mientras su perro duerme cerca. Llego a las rocas del Gran Hotel, hoy no hay casi nadie en la terraza, el frío y el viento les han empujado hacia la zona cálida del interior del edificio, solo dos parejas se atreven a desayunar fuera, vestidos casi de invierno en pleno verano. Camino con precaución sobre las rocas y la piscina del hotel, el guarda me mira como si viniese a llevármela y observa mis pasos hasta que salgo del recinto y entro en el paseo de cemento en el que los pescadores hacen elogios de paciencia infinita para ver picar unos cuantos peces que les servirán de alimento. Algún perro juega y olisquea a un compañero que ya no tiene ganas de juegos y solo quiere dormir al medio sol que de vez en cuando aparece entre las nubes. El sol hoy también es frio y gris. Me gusta andar por el paseo de cemento, entre las rocas que dan al mar y los chalets que miran a la costa de enfrente en la que se ve la gran playa, las montañas y los acantilados. Hay gente que pasea a sus mascotas a estas horas tempranas mientras los pescadores recién llegados ponen el cebo y lanzan la caña, adormilados, mientras lían un cigarrillo de tabaco picado y quizás sueñen con sirenas y piratas.
Sin darme cuenta he llegado  al puerto deportivo, ya veo el cartel que anuncia la escuela de vela que aún tiene todos sus veleritos en el dique seco, junto al gran chalet de la esquina, el  que mira al puerto deportivo, hay una zona cubierta que protege un Llaut, es un barco antiguo, mediterráneo, pero en muy buen estado; los soportes de madera que lo sujetan evitan que baje por la rampa de cemento y troncos, hacia ese mar que parece esperarle desde hace años. Doy la vuelta al barco, se llama Soledad. Fuera del agua parece muy grande, a su alrededor  hay montones de cabos, nasas y aparatos para pescar de los que desconozco el nombre, una escalera de madera da acceso a la embarcación, me asomo y veo las velas tendidas en la cubierta y el tambucho abierto. Huele a mar y a aventuras sobre las olas. Me siento en las rocas a observar cómo llegan los niños al club de vela y veo que la playa, que sigue al otro lado, se va llenando de gente. Una pareja viene, de la mano, besándose y riendo, hacia la barca que se llama Soledad, se suben en ella y dejo de verles, tan solo escucho sus risas y jadeos apagados. Es hora de regresar.  


Dedicado a todos aquellos que alguna vez tuvieron un sueño…y lo cumplieron. Gracias por leerme. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren. Todos los derechos reservados. Si os ha gustado, compartirlo con la familia y amigos. Gracias.