viernes, 17 de marzo de 2017



Un niño con móvil

Perdona que te escriba, Luis. Tu hijo, nuestro hijo, se fué ayer a la capital para comenzar sus estudios universitarios. Sé que has quedado con él para el fin de semana que viene, por eso te mando la foto de lo que he encontrado al abrir el cajón de su mesilla, Sí, ya ves, es tu padre el día que un coche se saltó un stop y arrolló su motocicleta, nuestro hijo debió hacer esa foto con el móvil cuando fué al depósito a reconocer el cadaver del abuelo, llegó antes que nosotros y le vió, pero nunca nos lo dijo. Por suerte a tu padre el casco le salvó de tener el rostro desfigurado, no así el resto de su cuerpo. No sé por qué motivo nuestro hijo pegó esta foto sobre una goma verde,tampoco sé por qué en la goma roja hay pegada una foto de tu novia y tú en el parque junto a la bici de Luisito. No la he querido dar la vuelta pero si la quieres te la mando. ¡Ah!, el ladrillo mellado es el que me tiraste a la cabeza la vez que discutimos porque te pedí el divorcio cuando el niño me dijo que te besabas con una chica en el parque y tú juraste que era mentira...Ya ves, el móvil que le regalaste a nuestro hijo me ha contado la verdad.
Autora de la fotografía: Lorena-cosba

domingo, 11 de enero de 2015

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 23- Una visita urgente al taller

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
23 Una visita urgente al taller
Durante el trayecto desde el centro comercial hasta casa no hemos dicho ni una palabra; Marutxi sigue mirando por la ventana y hace como que llora, a veces –muy bajito- , dice: “mala, más que mala”,  se sorbe los mocos y se tira un par de ventosidades.
En la puerta nos espera mi madre, que acaba de terminar el turno en el hospital y viene cargada con una maleta y varias bandejas con comida. Menos mal.
-Hola madre, hola hija –nos saluda sonriente y cariñosa- ¡Menuda cara de enfadadas que traéis!
-Es por culpa de tu madre –digo.
-Es por culpa de tu hija –dice Marutxi.
-Mamá, hueles muy mal, ¿no te habrás hecho caca?
-Sí, pero la culpa la tiene esa hija mala y descastada que tienes.
- Ven conmigo que te voy a lavar y a cambiar.
-Sí, cámbiala por una abuela buena y normalita, mientras yo llevo la compra a casa y voy al taller. Luego te lo explico.
Marutxi, me saca la lengua y yo estoy a punto de hacer lo mismo, pero me contengo.
Es un relax ir sola en el coche, por muy mal que huela, abro las ventanillas, pongo música y canto a todo pulmón hasta que llego al taller que hay pegado a la gasolinera - parece que están a punto de cerrar-  tengo que usar todas mis armas de nieta preocupada para que acepten limitar la velocidad del carrito de mi abuela. En menos de media hora está lista, eso sí, se lo cobran bien. Los dos hermanos alemanes, dueños del taller, me desean felices fiestas y dicen adiós con la mano mientras cierran el negocio. En el aparcamiento que hay junto a la gasolinera pruebo la silla de ruedas y disfruto de dar vueltas entre las plazas vacías y los árboles que ya casi no tienen hojas. No me extraña que a Marutxi le guste dar gas, es divertido y cómodo, pero, aunque lo sea, no le perdono lo mal que se ha portado hoy.
Desde la calle oigo las voces, madre e hija están discutiendo por la ropa que hay que lavar, mi madre todo lo ve sucio y mi abuela todo lo ve limpio “aunque un poco sobado”
-Y cagado, madre, que se te ha escapado todo por los lados. Digas lo que digas voy a lavarte toda esta ropa. Tienes ropa de sobra para ponerte.
-Eres tan mala como tu hija, me maltratáis. No me dejáis ponerme lo que yo quiero, ni me acompañáis al retrete ni me dais de comer y tengo que tomarme esto a la fuerza –dice, enseñando una tableta de chocolate de fundir  a la que le falta la mitad-.
-¿No me digas que mi hija te ha dado eso para comer?
-Sí. Me ha obligado a comerlo y eso que está muy duro…y no me gusta.
En la terraza –mientras Marutxi ve su programa de cotilleos favorito- pongo al día a mi madre de todo lo que ha pasado en el centro comercial y ella me pregunta por el chocolate que estaba comiendo su madre.
-¿Yo?, ¿Cómo le voy a dar chocolate para comer si sé que tiene el azúcar por las nubes? Ese chocolate era para hacerlo esta noche a la taza y tomarlo con unas ensaimadas. Esta mujer va a acabar conmigo, mamá. No puedo con ella, siempre se sale con la suya. He tenido que llevar la silla al taller para que se la limiten porque si no va a hacer daño a alguien un día de estos.
-No le digas nada, vamos a ver si se da cuenta. Ya sabes que el chocolate y todo lo que lleve azúcar, es muy peligroso para ella.
-Lo sé, mamá, lo sé.
Aprovechando que Marutxi se ha quedado dormida en el sofá, preparamos la mesa para la cena de Nochebuena, la dejamos haciéndose en el horno y colocamos los aperitivos en bandejas dentro de la nevera. Luego hacemos una comida suave, de las que no le gustan a mi abuela y comemos las tres en la mesa de la cocina, un poco justas y aguantando las quejas de Marutxi porque no puede ver las noticias de la tele, hasta que mi madre eleva el volumen de la televisión lo suficiente como para que lo pueda oír su madre (y todos los vecinos), sin tener que levantarse de la mesa.


P.D. Dedicado a todos los que han tenido que cambiar su forma de vivir por tener que amoldarse a convivir con una persona mayor que necesita cuidados. Todos los derechos reservados. Gracias por leerme. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren   

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 22- Compras de Navidad

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
22- Compras de Navidad

-Marutxi, tengo que ir a hacer unas compras para la cena de Nochebuena y la comida de Navidad.
-Yo te acompaño.
-Estás estornudando, mejor si te quedas en casa; no quiero que te resfríes…
-Estoy bien, no me quiero quedar sola con estas fieras peludas.
-Pobrecitas, solo te cuidan. Si quieres venir conmigo tendrás que llevar paquete porque no quiero más humedades en el coche de mi madre, si no, no vienes.
-Vale, pónmelo. ¡Ah! No quiero llevar el andador, quiero mi silla de ruedas nueva, la que anda sola.
-Sí, abuela, sí. Solo tienes una silla de ruedas. Mientras te pones la bufanda voy a meterla en el coche.
Llegamos al centro comercial a una hora mala, como lo son todas en estos días anteriores a las fiestas. Todo está lleno. Marutxi no tiene inconveniente en ir atropellando a la gente con su silla –sonríe y pide perdón, con cara de no haber roto un plato en su vida-; tengo que frenarla y llamarle la atención para que no haga daño a nadie. Elegimos el pescado que ella quiere y la carne que a ella le apetece, porque si no, no lo comerá –ha dicho tan alto que todos los que esperan su turno nos miran sin disimulo-. En la zona de los turrones tenemos una discusión ya que ella quiere los turrones que ha comido toda la vida y yo le digo que con el azúcar tan alto no los puede tomar; le ofrezco turrones y polvorones sin azúcar y dice que me los coma yo mientras sale disparada con su silla por uno de los pasillos centrales, atropellando a la gente y gritando que la quieren matar de hambre. Algunas personas se acercan a ella y la calman mientras yo llego, sofocada y a la carrera, empujando el carro. Me miran con cara de pocos amigos, como diciendo: “Ya te vale con la flacucha esta que quiere matar de hambre a esta pobre e indefensa ancianita”.
-Vamos abuela. Toma el turrón que quieres y vámonos ya.
-De eso nada, falta el chocolate y las ensaimadas para la medianoche, una Nochebuena sin chocolate es como un mar sin agua.
-¡Abuela!..
-¡Con azúcar! Me llamo Marutxi, si me vuelves a llamar abuela acelero y no me ves el pelo en todo el día.
-Te llamo así cuando me enfadas…Marutxi.
Con dos tabletas de chocolate Valor sobre la falda y una gran sonrisa, Marutxi se dirige hacia la caja tocando el claxon y atropellando a todo el que no se aparta a tiempo. No hace caso cuando le pido que vaya más despacio y se cuela en una caja diciendo que se encuentra muy mal y que necesita su medicación urgentemente, esa medicación que su “cuidadora” se ha olvidado en casa. No sé en dónde esconderme. Me dejan pasar con el carro lleno, pago y salimos  del centro comercial, yo a la carrera detrás de la silla de ruedas de Marutxi y ella acelerando a fondo y riendo a carcajadas, abrazada a las tabletas de chocolate para fundir. Dejo el carro en mitad del pasillo y salgo al galope detrás de ella hasta que consigo darle alcance; no puedo ni respirar…
-¡Abuela!¡Para, ahora mismo!, o llamo a la policía.
-¿Qué pasa, hija?, ¿dónde has dejado el carro con la compra?
-¡Hoy no va a haber fiesta, ni carro ni comiditas ricas!, te vas a quedar en tu habitación castigada, por mala.
 Estoy tan agitada que pienso que me va a dar un infarto.
Desconecto la batería de la silla de ruedas y vuelvo sobre mis pasos para recoger el carro con la compra mientras ella empieza a gritar y a llorar. La gente la mira pero yo no le hago ni caso; tengo el corazón enloquecido y me falta el aire para respirar. Por suerte el coche está cerca, empujo los dos carros a la vez y en pocos minutos lo tengo todo colocado, incluida a mi abuela que hace pucheros y mira por la ventanilla mientras me dice lo mala que soy y lo mal que la trato. Quiere volver a su casa porque yo soy muy mala, tanto, tanto, que los Reyes Magos sólo me pueden traer carbón del de quemar.
Conduzco en silencio mientras intento controlar que no me salten las lágrimas. ¿De verdad soy tan mala?

P.D. Dedicado a todos los que han llegado, alguna vez, al límite y han podido soportarlo. Gracias por leerme. Obra registrada, todos los derechos reservados. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren




Medio otoño y un invierno con Dulcinea 21- Montando el árbol y el Belén

21- Medio otoño y un invierno con Dulcinea
Montando el árbol y el Belén
Despierto con ganas de ir al baño, es medianoche y hace frio porque he dejado la ventana de la cocina abierta para que se secara el suelo, mis mascotas duermen sobre mí y les molesta que me levante. Enciendo la chimenea y llevo, dormida, a Marutxi, hasta el inodoro; tengo que insistir en que haga pipí, (hasta llego a amenazarla con no acompañarla a la cama hasta que no lo haga y con ponerle un paquete), nada más oír esa palabra se le suelta el esfínter, se levanta, adormilada, y la llevo a la habitación, a pasitos cortos, dejando que apoye su cabeza dorada en mí hombro. La oigo roncar en el momento en el que conecto la manta eléctrica sobre el edredón de su cama –no me fio de la electricidad en contacto con los escapes líquidos incontrolados de mi abuela-.
Mientras enciendo la chimenea dejo que la perrita, seguida por la gata, salga al pequeño jardín para que hagan sus necesidades en la bandeja de plástico con arena que tienen bajo el ficus benjamín.
Abro el sofá cama y saco una manta del armario. Ha bajado tanto la temperatura que dentro de la casa me sale vapor de la boca al respirar. Cuando vuelven mis peluditas ya hay una buena hoguera en la chimenea, entorno la puerta del cuarto de Marutxi para que entre el calor, cierro la puerta de la calle y nos volvemos a acostar las tres juntas, dándonos calor y así nos dormimos.
Es el primer día que vemos amanecer las cuatro juntas en la terraza, tomando un desayuno a medida de cada una: Marutxi sin azúcar, yo con azúcar moreno, la perrita atragantándose con lo que le damos y la gatita lamiendo con calma un trozo de jamón de york que disfruta de comer a bocaditos. Cuatro hembras viendo el sol levantarse entre el mar y las montañas que dan al acantilado lejano, difuminado entre la bruma; al final de todas las playas que forman el arco de la bahía.
-Marutxi, te vas a enfriar. Ya ha empezado el invierno y la temperatura es muy baja.
- Esta bata es muy caliente y llevo calcetines gruesos.
-Sí, lo sé, te los puse yo. Vamos a entrar, el aire es frío.
Marutxi –en su afán de llevarle la contraria a todo el mundo- se apalanca en el sofá de la terraza y cierra los ojos al sol mientras la gatita se tumba en su regazo y ella, como sin querer, le acaricia la cabeza. A los pocos minutos mi abuela empieza con una serie de estornudos que parece que no van a terminar nunca.
-Hija, hace semanas que ha comenzado el Adviento (de hecho está a punto de terminar) y aún no hemos adornado la casa para recibir al niño Dios.
-Tienes razón, Marutxi, si entras en casa y dejas que te vista, te prometo que saco el Belén y el árbol y lo montamos entre las dos.
 Con el andador se mueve con soltura por toda la casa, va al aseo y deja que la vista sin poner resistencia. Hoy toca falda de tablas gris y camiseta y jersey grueso de lana en tono crudo. Su pelo es como hilos de seda que moldeo a mi gusto con el cepillo.
 Me espera sentada en el sofá mientras voy al trastero y traigo las dos cajas con los adornos de Navidad. Pongo el árbol delante de ella y lo voy montando, solo son tres piezas y la base; en pocos minutos Marutxi lo tiene delante, se queja de que no sea natural y me habla del olor de los abetos de su tierra y de la fiesta que hacían cuando iba toda la familia al bosque, del caserío familiar, a buscar uno para adornar la casa. Sus palabras me traen el olor a musgo, a tierra mojada y a abeto recién cortado. El plástico no huele a nada, pero es verde y bonito. Le dejo la caja con las bolas de colores a su lado, en el sofá, y comienzo con las labores de la casa mientras ella adorna el árbol y canta villancicos de cuando era pequeña, algunos en un idioma extraño y otros que me traen recuerdos de mi infancia.
Cuando vuelvo a su lado están las tres ramas de la parte baja del árbol llenas de bolas doradas y rojas mientras las ramas superiores siguen sin adornos.
-Marutxi, ahora te toca montar el Belén sobre esta mesa de camping, espera que pongo el mantel de arpillera y ya puedes ir colocando las figuritas que están en esta caja. Luego terminaré de adornar la parte de arriba del árbol.
Mientras barro y friego la casa la oigo cantar villancicos, el sol entra en el salón y forma sobre su cuerpo un halo dorado, casi mágico, mientras su voz canta, uno tras otro, todos los villancicos de su infancia, adornados, a veces, con estornudos inoportunos que despiertan a la gata que duerme sobre la mesa del salón, frente a la chimenea encendida.

P.D. Dedicado a todos los que han apreciado los villancicos y los adornos navideños a pesar de no gustarles mucho esas fiestas. Gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Un saludo literario y feliz 2015. Amaya Puente de Muñozguren.


Medio otoño y un invierno con Dulcinea 20- Una despedida y una discusión

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
20 –Una despedida y una discusión
Nos cuesta despedirnos, Marutxi y Vicente no paran de hablar y Tito me dice lo bien que se lo ha pasado en nuestra compañía y las ganas que tiene de repetir la experiencia. Por fin cierro la puerta del apartamento, después de decirles adiós con la mano y empujar a Marutxi hacia dentro por mucho que se empeñe en empujarme con el andador. Me ha dejado las piernas y los tobillos machacados.
Me apoyo en la puerta de mi apartamento y miro hacia el interior justo en el momento en el que Marutxi se agacha un poco y mea sobre las baldosas, remangándose la falda de tablas. Lo mira y ríe como una niña pequeña.
-¡Abuela! ¿Qué haces?
-No puedo más hija, mira, mira como corre.
Mis dos mascotas se acercan a oler, la gatita toca el pipí con las patas mientras la perrita patina sobre el dejando un reguero en todo el pasillo que llega hasta el salón. Las meto en la cocina y cierro la puerta y voy a toda velocidad hacia la habitación en la que está mi abuela a punto de tirarse sobre la cama.
-¡No!, has sido una chica mala y ahora mismo nos vamos a la ducha.
-No quiero ir a la ducha, tengo sueño.
-Te has meado en casa y eso no te lo perdono, abuela, estabas a dos metros del aseo.
-Soy una pobre vieja enferma…
-sí, para lo que quieres; si vuelves a hacer esto no vas a ver más a Vicente. Se lo voy a contar –le digo mientras la empujo del brazo hasta el baño y le doy una ducha sin contemplaciones, hasta que veo que está llorando y haciendo pucheros como una niña pequeña.
-Se me ha escapado…
-Lo siento, abuelita, me pone muy nerviosa que hagas estas cosas. Anda, toma la toalla y siéntate en el taburete, que tengo que secarte bien los pies.
Cuando consigo vestirla y acostarla me encuentro tan cansada que no puedo ni pensar en sacar a la perrita de paseo a pesar de que es el mejor momento, ya que, Marutxi, ronca en mi habitación.
 Lavo y seco las patitas de mis mascotas y friego el pasillo y el salón, luego me tumbo en el sofá y repaso todos los mensajes de Santi, no tengo ganas de discutir con mi amigovio y si le llamo vamos a terminar haciéndolo porque no me gustan nada los mensajes que me está mandando.. Pongo el teléfono en silencio, enciendo la tele y me duermo en el sofá con la perrita y la gatita sobre la manta que me cubre. Ya ha anochecido. Mi último pensamiento antes de caer en un sueño profundo es que no sé si aguantaré mucho cuidando a mi abuela sin que me dé un ataque de nervios.


P.D. Dedicado a todos los que se han visto al borde de un ataque de nervios por culpa de la actuación de un familiar. Gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 19 –Paseando con Tito

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
19 –Paseando con Tito
Nos despedimos junto al coche en el que ya está sentada Marutxi, Vicente guarda el andador en el maletero mientras los demás repartimos besos y abrazos. Nacho y María del Fin nos invitan a cenar en su casa para celebrar todo lo bueno y lo malo que ha sucedido hasta la fecha, quedamos en que nos avisaran y mi abuela se auto invita, incluyendo en el lote a Vicente. Ellos se alejan caminando por el paseo hacia la panadería y la farmacia y nosotros volvemos hacia mi apartamento. Me da pena que se termine la tarde. En el coche huele raro; nos miramos unos a otros, menos Marutxi que mira fijamente por la ventanilla.
En la puerta de casa nos despedimos pero Marutxi les invita a un último café, “porque esta nieta mía no tiene nada decente para beber más que café”.
-Abuela, yo tengo que sacar a la perrita de paseo y ya es tarde, además tú tienes que ir al baño.
-Si ellos se quedan iré al baño, si no, no.
-Yo te espero en la terraza viendo el paisaje –dice Vicente.
-Yo te acompaño a pasear a la perrita cuando termines de asear a Marutxi –dice Tito.
No me queda más remedio que aceptar, pongo la cafetera, dejo encargado de su cuidado a Tito mientras le digo en dónde guardo las tazas y el azúcar.
Marutxi está mojada hasta las orejas, en el paquete no le cabe nada más. Hay de todo. Me tengo que controlar para no decirle que por qué no me avisa cuando tiene ganas de hacer algo y así poderla llevar al baño. No quiere ducharse pero le amenazo con echar a Vicente y a Tito si no lo hace y entra en la bañera como si fuera al patíbulo, la siento en el taburete de plástico, saco el andador y pongo un palmo de agua caliente para que no se le enfríen los pies, luego la enjabono, recojo el paquete, lo cierro bien y salgo para dejarlo en el cubo de la basura que hay en la cocina. No he llegado a la puerta cuando la oigo gritar.
-¡Me abandonan!, ¡Me dejan solita!, ¡Socorro!, ¡Auxilio!
Los dos hombres, alarmados, entran en el salón.
-No pasa nada, solo he ido a tirar una cosa a la basura. No le gusta estar sola.
-El café casi está –dice Tito- Lo he hecho descafeinado.
-Perfecto, enseguida salimos.
Entro en la habitación, cojo ropa limpia y entro en el baño en el momento en el que Marutxi intenta salir sola de la bañera y cae sobre mí.
No sé de dónde saco las fuerzas para sujetarla y volverla a sentar en el taburete. Le riño mientras le aclaro el cuerpo y ella se pone a llorar.
-Abuela, por Dios, te podías haber hecho mucho daño. Solo iba a por ropa limpia y a tirar el paquete a la basura. Yo te quiero y te quiero cuidar todo lo que haga falta pero tienes que tener un poco de paciencia.
-Tú lo que quieres es hablar con “mi” Vicente.  
- No digas tonterías, anda, levanta el brazo, ahora el otro. Ven, agárrate al andador, levanta una pierna, así, ahora la otra. Siéntate en el wáter y haz pis si tienes mientras te seco los pies. Te voy a poner otro paquete.
-No. Ya meo, ¿ves?
-Ale, vestida, arreglada y perfumada. ¿En dónde están los pastelitos que has traído? No están en los bolsillos.
-Eran míos y me los he comido.
-Abuela, no puedes tomar tanto azúcar.
-Seguro que te los querías comer tú.
-Si te vuelves a hacer pis te pongo el paquete delante de Vicente. ¿Me oyes?
Enciendo la chimenea y, tras tomar el café, dejamos a Vicente y Marutxi sentados frente al fuego, charlando como dos adolescentes de las canciones que más les gustaban cuando eran niños. Al cerrar la puerta les oímos cantar a coro.
La perrita está feliz de salir a pasear sin correa, nos hemos metido por el bosque que hay junto al paseo y el animalito salta y ladra a nuestro alrededor. Tito me habla de cuando vivía con sus padres, de la enfermedad de su madre y del mal carácter que se le puso a su padre cuando se quedó viudo. Me dice que es el pequeño de seis hermanos y que se lleva casi treinta años con el mayor. Son una gran familia que están dispersos por el mundo: Uno en Helsinki, otro en Méjico, una en Madrid, otra en Valencia, otro en Cádiz, otro cerca de la casa familiar, en el norte, y él, aquí, controlando los negocios que comenzó su padre hace años como un entretenimiento de verano y que son los que mejor funcionan. Empieza a anochecer y Tito me da la mano y ata a la perrita con la correa. Volvemos al apartamento charlando como si nos conociéramos de toda la vida. Mi móvil sigue vibrando de vez en cuando pero no le hago ni caso.
Al llegar a casa encontramos a Marutxi y a Vicente dormidos frente a la chimenea, sentados en el sofá, con las manos enlazadas y las cabezas apoyadas uno en el otro. Les miramos con dulzura y la perrita se encarga de despertarles con sus ladridos.

P.D. Dedicado a todos los que creen en el amor a primera vista. Muchas gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren.


Medio otoño y un invierno con Dulcinea 18- Un café con María del fin y su marido

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
18- Un café con María del fin y su marido
Hemos terminado de comer, el aire frío se ha instalado en la terraza y no lo alejan ni las mantas ni las dos estufas de terraza que han puesto sobre nuestras cabezas. Nacho nos ofrece un café y una copa en el interior, en la cafetería que tiene un impresionante mirador sobre la playa y los acantilados lejanos. En vez del mar parece un gran lago. Es un día para no olvidar. La conversación con Tito es fluida y agradable, nada que ver con el soso de mi amigovio al que hay que sacarle las palabras a la fuerza. Marutxi y Vicente ríen y se cuentan historias de otros tiempos, que son de las que más se acuerdan, luego hablan de los artistas de cine y las películas que veían cuando eran jóvenes y más tarde pasan a hablar de sus respectivos difuntos. Unos santos, tanto ella como él; pero la vida sigue y ambos quieren disfrutarla. Tito y yo charlamos de lo difícil que tenemos en este mundo que nos ha tocado vivir, el encontrar trabajo, pareja y tener un futuro que no dure dos días. Tito acaba de romper con su novia de toda la vida, con la que llevaba saliendo  quince años y aún le puede la pena.
-No estaba preparado para casarme y a ella le corría prisa porque deseaba formar una familia. Yo no.
Le hablo de Santi, de lo que le aprecio y de las pocas ganas que tengo de ir a más con él, aunque  Santi lo esté deseando.
-Cuando no es la persona adecuada lo notas, hay algo dentro de ti que te lo dice; aunque duela, -dice Tito.
-Tienes razón, eso mismo me pasa a mí. Santi se empeña en que me vaya a vivir con él y que alquile mi apartamento para que se pague sola la hipoteca y no tenga que aceptar cualquier trabajo. Pero no me apetece.
Alguien me saluda. Es Lisa y María del Fin que vienen con el cochecito de las gemelas, “venimos a tomar café con el padre de las criaturas” dice María del Fin a la vez que nos fundimos en un abrazo. Tito y Vicente se han levantado y saludan a las dos recién llegadas, Lisa y María del Fin reparten besos y se entretienen en hacer cumplidos a Marutxi que las observa encantada, luego las manda sentar “al lado de los jóvenes” porque ella tiene una conversación muy importante que continuar.
Nacho nos agasaja con un preparado especial que sabe a gloria pero del que no somos capaces de adivinar más de tres componentes.
Las pequeñas duermen en el carrito hasta que Marutxi las despierta, cuando lo consigue les hace cuatro carantoñas, pide que se las pongamos en brazos y nos las devuelve a los pocos minutos con la excusa de que huelen mal.
Acompaño a María del Fin al aseo y entre las dos les cambiamos los paquetes; pienso que a Marutxi también le debe hacer falta pero cualquiera la separa de Vicente. Las  pequeñas son iguales, no puedo distinguir a una de la otra hasta que su madre me dice cómo hacerlo. Así y todo no lo veo muy claro. Han crecido mucho, tienen unos cuantos dientes y dicen papá, mamá.
María del fin me comenta que le han ofrecido un trabajo dos tardes a la semana para llevar a un vecino a rehabilitación, dos horas, pero no sabe qué hacer con las niñas, Lisa se ha ofrecido a cuidarle a una, y, ahora que termina la temporada, les va a hacer falta todo el dinero que puedan conseguir. Los niños salen muy caros.
-Si me la traes a casa yo te cuido a la otra; no puedo hacerlo con las dos porque con Marutxi va a ser demasiado. María del Fin sonríe agradecida y quedamos que nos avisará cuando sepa los días y las horas.
-Yo, generalmente, no trabajo por las tardes y me encantaría poderte acompañar para ayudarte en lo que haga falta –dice Tito.
Lisa, Vicente y Marutxi hablan amigablemente a pesar de las indirectas de Marutxi para que Lisa “vaya a controlar a los chicos”. Lisa, nos mira, sonríe y dice que estamos todos muy bien como estamos. Cuando Nacho termina su jornada viene hacia nosotros vestido de calle y con una bandeja de pasteles diminutos que son una delicia. A Marutxi hay que quitarle la bandeja de delante porque es capaz de comérselos todos. Veo como coge dos, los envuelve en una servilleta y se los guarda en el bolsillo de la chaqueta diciendo: “Se los llevo a mi hija”. Todos la creen, menos yo.
Nacho nos relata su intento de suicidio, el verano pasado, allí enfrente, en los acantilados y como, de forma milagrosa, quedó atrapado y mal herido entre las ramas de un seto que estaba junto a una pequeña cueva a la que pudo llegar arrastrándose y con un gran esfuerzo. Varios días después, cuando fueron a sacar el coche del fondo del mar, uno de los operarios se dio cuenta de que la puerta estaba abierta y de que había un bulto de roca en una pequeña oquedad de la pared, le pareció ver que se movía y fue a ver que era, descubrió a Nacho, más muerto que vivo, y lo pudieron rescatar con la misma grúa y llevarlo al hospital en el que estuvo, luchando entre la vida y la muerte, unas cuantas semanas. Recuerda siempre a su lado, en la UCI, a su mujer y ese embarazo que iba aumentando por momentos a la vez que él se recuperaba.
-Recuerdo que María del Fin me ponía mi mano sobre su vientre y yo notaba como las niñas se movían, eso me hacía tener ganas de despertarme aunque hacia esfuerzos por abrir los ojos y no podía, tampoco podía mover la mano sobre su vientre, hasta que un día pude y luego todo fue más fácil. La oía hablarme todo el tiempo, me decía cómo se iban a llamar las niñas, cuanto pesaban y cuando me ponía crema en los brazos y el cuerpo notaba su vientre sobre mi piel y la voz de las niñas que me decían que me tenía que despertar del todo.



P.D. Dedicado a todos los que en algún momento han creído en los milagros. Muchas gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 17- Comiendo en el Mar y Cielo

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
17 –Comiendo en el Mar y Cielo
Cuando salgo del baño, recién pintada y perfumada oigo como se cierra la puerta a la vez que mi abuela dice bien alto: “Hasta luego preciosa. No me esperes a comer, creo que no volveré muy tarde”.
Estoy atónita; me han dejado plantada. Veo por la ventana de la habitación como se aleja el coche y me siento en el sofá con la boca abierta. Suena mi móvil, estoy a punto de no cogerlo pensando en que pueda ser mi amigovio. No tengo ganas de hablar con nadie pero al ver el nombre de Vicente me asusto y contesto enseguida. Espero que no le haya pasado nada a Marutxi que se ha ido con dos perfectos desconocidos que no se ni en dónde viven.
-Jovencita, no me gusta nada que me dejen plantado, mi hijo ha venido a propósito para hacerte la comida más agradable y tú nos das plantón –me suelta a bocajarro, sin dejarme ni darle los buenos días. Eso me cabrea.
-Mira Vicente, eres tú el que me has dejado con un palmo de narices en casa.
-Marutxi me ha dicho que te habías ido.
-Ella es la que se ha ido, yo estaba en el baño arreglándome cuando os habéis marchado.
-Ya me extrañaba, hemos debido entenderla mal. Perdona, ahora mismo damos la vuelta y vamos a recogerte.
Estoy cerrando la puerta cuando llegan a mi altura, los dos hombres bajan del coche mientras Marutxi me mira con cara de pocos amigos desde el asiento delantero del vehículo.
-Dulcinea, este es mi hijo Vicente, los amigos y la familia le llamamos Tito.
-Un placer conocerte.
-Creo que no hemos entendido bien a Marutxi.
-Seguramente.
Nos montamos en el coche y enseguida llegamos al hotel, es el más majestuoso de la zona, el que se ve desde la terraza de mi apartamento, aparcamos junto a la puerta de entrada, en el jardín. Marutxi me mira enfadada y casi me ordena que me vaya a darle conversación a “ese joven”.
Ha bajado mucho la temperatura desde que se desató el temporal hace dos días, queremos comer en la terraza pero tememos que mi abuela se ponga enferma, en cuanto elegimos mesa en el  comedor interior nos hace levantar diciendo que a ella en donde le apetece comer es en la terraza junto al mar. Los camareros nos miran disimulando su contrariedad y trasladan todas las copas hasta la nueva mesa junto a la que ponen una estufa de terraza que nos da una sombra de calor muy agradable; poco después nos traen unas mantas suaves para ponernos sobre las rodillas. Es agradable el lugar y la vista es espectacular, como la que se ve desde mi apartamento pero sin árboles por en medio, ni casas, ni carretera. Mas en primera línea seria estar con los pies a remojo en el mar que tenemos plácido y transparente a pocos pasos.
Pedimos un aperitivo y ojeamos la carta del restaurante, los precios me asustan, con lo que vale un plato aquí puedo comer una semana en casa; me decido por un pescado de la zona. Marutxi pide lo más caro de la carta y por más que insisto en que no le va a gustar y que cambie de plato, más se empeña en decir que es eso lo que le apetece. Vicente pide lo mismo que ella y Tito lo mismo que yo. Tito resulta ser un hombre agradable y divertido con el que acabo riendo y charlando a los pocos minutos. Marutxi y Vicente hacen lo mismo animadas sus mejillas por el color que nos dibuja el sol y el vino.
Cuando vamos a pedir el postre y el café viene el repostero jefe a saludarnos, ¡Es Nacho!, el marido de María del Fin, el que casi se suicida el verano pasado en los acantilados que vemos en frente. Suerte que un árbol y una cueva frenaron su caída. Nos saludamos con cariño y se lo presento a todos. Poco después él mismo trae una bandeja con un surtido de todas sus especialidades. Da pena tocarlas y al hacerlo es casi imposible no repetir. Marutxi está comiendo –y bebiendo- demasiado, pero basta que le diga que le va a sentar mal para que insista en probarlo todo. Vicente y ella hablan y ríen agarrados de la mano y mirándose a los ojos; Tito y yo nos contamos la vida que llevamos, él ha terminado las carreras de derecho y de empresariales y trabaja en una de las empresas de su padre y yo le digo que he terminado mi carrera de psicología y estoy estudiando historia y cuidando a mi abuela hasta que se recupere de la intervención de cadera, ya que no hay nadie en la familia que pueda dejar su trabajo para hacerlo. A Tito le parece dulce y tierna mi abuela, a mí no y nos reímos con sus ocurrencias. No recuerdo haber vivido una sobremesa tan agradable nunca. Me encantan los ojos de Tito y su sonrisa. Santi llama y no le contesto. El mar lame la orilla de la playa que aún está llena de algas, hasta aquí nos llega el olor, intenso y agradable.


P.D. Dedicado a todos los que han disfrutado de una comida especial en un lugar único. Muchas gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Un saludo. Amaya Puente de Muñozguren.    

jueves, 11 de diciembre de 2014

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 16- Sin viento

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
16- Sin viento
Toda la noche ha soplado un fuerte viento que aullaba en la chimenea y metía el humo dentro del salón mientras los cristales golpeaban y se oían rodar macetas en las terrazas de los vecinos. Un perro ha estado aullando y ladrando toda la noche y la luna, llena y suavemente dorada, ha dejado un camino sobre las olas que no han dejado de saltar. Al amanecer el viento se ha calmado.
Cuando Nieves se ha levantado yo ya había recogido el sofá cama y tenía el café preparado. Hemos desayunado en la terraza mirando el mar y la cantidad de algas que han llegado hasta el paseo y el mirador.
-       Buenos días madre, ¿qué tal la charla con la abuela?
-       Fantástica, no me dio ni las buenas noches, eso sí, consiguió que Vicente no me acompañara a casa.
-       Es la leche.
-       Sí. Se las sabe todas. Bueno, me voy a trabajar que desde aquí no sé cuánto va a tardar el autobús.
-       ¿Quieres que te lleve?, es un momento.
-       No, que si se despierta la abuela y ve que la hemos dejado sola es capaz de salir a la calle y montar un número de los suyos. El próximo fin de semana lo tengo libre y vendré a relevarte, si quieres te puedes quedar, tranquila, en mi casa, con Santi, si os apetece.
-       Ya veremos, mamá, aún es pronto para hacer planes.
Nos despedimos en la esquina, la perrita se quiere ir con mi madre y la gata le mira desde encima del capó de un coche. Hace mucho frío, cuando vuelvo a casa noto el fuerte olor a leña quemada y oigo los ronquidos de Marutxi que no se ha enterado de nada.
En pocos minutos está el apartamento recogido y limpio. La perra y la gata duermen en el sofá, debajo de una manta mientras yo ventilo la casa y me tomo una infusión mirando al mar. El teléfono de Marutxi está en carga cerca del microondas, suena y contesto enseguida para que nada ni nadie despierte a mi abuela; es Vicente, nos quiere invitar a comer hoy, a las dos en el Hotel Mar y Cielo, que está muy cerca de casa. Me da la enhorabuena por la cena de la noche pasada y, como sin querer, me pide el número de teléfono de Nieves, eso si, me pide que no se lo diga a Marutxi. Va a ser nuestro secreto.
Recojo la ropa tendida mientras pienso que quizás tendría que haber puesto una excusa para no ir a comer pero si lo hago, y se entera mi abuela, me puede liar una bien gorda; tampoco me parece bien dejarles solos tan pronto, además, hay algo que no veo claro en Vicente, es como si quisiera jugar a dos cartas, si no, no se entiende el porqué de tanto secreto para pedirme el teléfono de mi madre. Solo es un nuevo amigo, no tengo que inventar historias, el tiempo pondrá todo en su lugar.
Leo el periódico en el ordenador y reviso las ofertas de trabajo. No hay ni una noticia buena ni un empleo que merezca la pena. Tengo que sacar la basura antes de que pase el camión, ayer se nos olvidó y esta mañana –cuando he acompañado a mi madre- ni me he acordado. En la calle encuentro a Javier, el vecino que va con su hijo mayor, nos saludamos, le doy las gracias por cuidar a mis mascotas y quedamos que pasará por la tarde para que le pague lo que le debo por el trabajo de atenderlas; el padre me pregunta que si tengo tiempo libre para darle a su hijo unas cuantas horas de repaso por las tardes porque empieza a ir retrasado en unas asignaturas. Hablaremos esta tarde, cuando vuelvan del colegio. Se les hace tarde.
Entro en casa y encuentro la cafetera escupiendo café a borbotones, la tele a todo volumen y la radio en el baño –en el que está Marutxi- escupiendo noticias a gritos. Se acabó la paz. La perrita se esconde debajo de una manta en el sofá y la gata desaparece en la habitación. Esta vez la cama está seca y todo ordenado. 
Marutxi se ha levantado enigmática, solo me ha dado los buenos días con un beso de refilón y hemos tomado un café en silencio en la terraza, mirando el mar. Su teléfono móvil no está en donde lo dejé cargando y ella no dice nada. Yo tampoco, aún quedan horas para poder hablar y decirle que Vicente nos ha invitado a comer.

Retomo los libros y veo como Marutxi pasa una y otra vez hacia el baño con una ropa distinta, me imagino que en el espejo del baño, que cubre toda la puerta, se ve mejor que en el de la habitación. Más tarde se me acerca, misteriosa y con un pañal en la mano y me pide que le enseñe a ponérselo bien. El reloj marca la una y media, me peino y pinto la raya de los ojos y en ese momento suena el timbre de la puerta. Por la ventana del baño veo un coche que espera, el conductor es un chico muy apuesto, más o menos de mi edad.

 P.D. Dedicado a todos los que en alguna ocasión se les ha quedado cara de tontos ante las estrategias de un mayor. Gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Amaya Puente de Muñozguren.

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 15- Dormir en un sofá cama

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
15 –Dormir en un sofá cama
Por fin está la casa en calma, la perrita y la gata han optado por irse a dormir a la habitación con mi madre y abuela ya que nosotros, en el sofá cama, no las dejamos en paz con tantas vueltas, abrazos y susurros. Cuando terminamos con nuestra fiesta particular, Santi se levanta, se ducha y me da dos besos antes de irse hacia el coche. Le veo marcharse con el sabor de su cuerpo aún en mi boca. No tengo sueño, leo las instrucciones para poner en carga la silla eléctrica de Marutxi y la enchufo a la corriente tal y como dice el folleto, me hago una infusión y envuelta en una manta salgo a la terraza para tomarla y disfrutar del mar alborotado y de la luna llena dibujando caminos sobre las olas encrespadas. Todo el barrio está a oscuras y de algunas chimeneas sale humo. El frío ha llegado de golpe. Desde el sofá cama veo las brasas que reducen el último tronco que hay en la chimenea, partido por una boca roja que crepita y estalla en pequeñas chispas de luz.
No hay forma de dormir en este colchón tan fino, noto todos los muelles tatuados en la piel, menos mal que no he hecho dormir aquí a Marutxi porque la tendría que haber levantado con una grúa. Recuerdo que me vendieron el sofá cama como si fuera muy bueno, que vergüenza, ahora entiendo por qué mis amigos solo se quedaron en casa dos días cuando vinieron hace dos veranos a verme. Es imposible dormir aquí, me recuesto en la butaca, enciendo el portátil y navego por las páginas que ofrecen empleo, está a punto de terminarse mi paro y necesito encontrar un trabajo que pague la hipoteca y mis gastos, por lo menos, aunque no sé qué vamos a hacer con Marutxi. No se puede quedar sola y yo no puedo estar mucho tiempo más sin trabajar, como mucho puedo esperar hasta enero. He de hablar con mi madre para ver cómo lo arreglamos. Suena mi móvil, ha entrado un mensaje, Santi ya ha llegado a su casa. Me recuerda que si viviéramos juntos no tendría que hacer tantos kilómetros y dormiríamos más calentitos y mejor. Sí, es una solución pero no me quiero comprometer; no he tenido suerte en mis relaciones y cada vez me fío menos de la gente. Me dice que estoy para que me vea un psiquiatra y yo le mando a dormir, por no mandarle a tomar por saco. Alguien ha apagado la radio en la habitación y se oyen ronquidos acompasados. El viento golpea los cristales y se oyen las olas chocando contra las rocas y el muro del gran hotel. Suenan sirenas y poco a poco voy cayendo en un profundo sueño en el que rememoro las conversaciones de la cena y las risas de Marutxi haciendo carreras con su nueva silla de motor por la calle. Tengo que mirar si se le puede limitar la velocidad porque, siendo como es, un día cogerá carrerilla y no la voy a poder alcanzar. La lavadora ha sonado advirtiéndome de que ya ha terminado el ciclo, salgo a tender la ropa de Marutxi y casi me quedo helada. Este frío, tan de repente, no es normal, como tampoco lo era el excesivo calor que ha hecho durante las últimas semanas.
Me lanzo a sofá cama en busca del calor que dejé allí y me cuesta encontrarlo, la perrita y la gata han venido a mi lado, la chimenea come los últimos trozos de leño y a mí me vence el sueño cuando oigo pasar por la carretera que da a la playa, el primer autobús de la mañana. Deben ser las seis.



P.D. Dedicado a todos los que han pasado una mala noche en una cama incómoda. Muchas gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Amaya Puente de Muñozguren

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 14-Cenando con Vicente

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
14 -Cenando con Vicente
La perrita corre alrededor de la silla de ruedas eléctrica de Marutxi, salta y ladra mientras la gata nos mira subida en la tapia del chalet del vecino, junto a una luz que hace que sus ojos brillen fantasmagóricamente. Santi baja del coche, me abraza y besa con tal pasión –en medio de la calle- que hace que los tres que admiran la silla de Marutxi dejen de hacerlo y nos miren con curiosidad y cierta envidia. Con la cara sonrojada le ayudo a sacar dos bolsas del coche y nos vamos hacia el apartamento, seguidos de lejos por todos los demás. Mi abuela ríe, montada en su silla con motor, nos adelanta y da vueltas a nuestro alrededor como un niño en los autos de choque. No puede estar más feliz. Marutxi cambia la silla de ruedas por el andador y se mete en el lavabo seguida de su hija que ya se huele algo raro, mientras tanto Vicente y Santi charlan, fumando en la terraza y disfrutando del mar y la luna llena. El viento cada vez es más fuerte y más frio, tanto que los hombres deciden encender la chimenea, que es el único capricho que tengo en el apartamento. Me encanta verla encendida. Queda poca leña. De reojo veo como mi madre entra y sale en la habitación con ropa, creo que Marutxi se ha vuelto a olvidar de ir al baño a tiempo, las oigo discutir hasta que se hace el silencio después de una contundente frase de mi madre: “Si no me dejas ponerte el paquete no hay cena con Vicente”. Todos lo hemos oído. Las dimensiones del apartamento no dan para intimidades a voces pero hacemos como si no nos hubiésemos enterado de nada cuando ambas salen del baño, limpias, peinadas y perfumadas. Nieves –mi madre- deja la ropa sucia en el lavadero que hay junto a la terraza, dentro de la lavadora, y vuelve a la cocina para lavarse las manos y comentarme lo difícil que es su madre a veces. ¿A veces?
La cena se ha convertido en un picoteo variopinto de delicadezas para el paladar aunque todos se empeñan en alabar mi humilde tortilla, quedamos en hacer un día un concurso de tortillas ya que cada una tiene un punto y un sabor distinto; tanto mi madre como mi abuela presumen de hacer las mejores tortillas de patata de la familia a lo que Santi y Vicente se apuntan para elegir a la mejor cocinera en otra ocasión. El vino nos alegra dando color a nuestras caras; Vicente habla de sus clientes y casos más extraños y nos cuenta historias que nos dejan con la boca abierta, luego pasa a hablar de su velero y de los viajes que ha hecho con él por media Europa mientras Santi y yo nos escondemos en la cocina para comernos a besos y dejamos que a Vicente se lo coman con los ojos Marutxi y Nieves.
Al cabo de un rato, que a nosotros nos parece corto, oímos que preguntan si ya está el café –descafeinado y con sacarina- y mentimos diciendo que casi está mientras nos recolocamos la ropa y el pelo y ponemos a toda prisa la cafetera.
-Creo que he bebido demasiado, me parece que no voy a llegar en condiciones a la parada del autobús –dice Nieves.
-No te preocupes que yo te acompaño cuando llegue  el taxi –dice Vicente.
-De eso nada, hace mucho que no veo a mi querida hija y quiero hablar con ella toda la noche, es mejor que se quede a dormir conmigo –dice Marutxi- La cama es grande y está limpia.
Santi y yo nos miramos y reímos a escondidas, mientras oímos como Vicente llama a la compañía de taxis pidiendo uno. No tarda en llegar, casi ni le da tiempo de repartir besos y abrazos a todas las mujeres de la casa. Cuando se va, le decimos adiós desde la puerta. Santi recoge la mesa, yo pongo la lavadora y mi madre y abuela discuten en el baño. Ambas salen en pijama al salón para darnos las buenas noches. Al minuto se oye roncar a Marutxi y a los pocos segundos se pone en marcha, bajita, la radio que tengo en la mesilla de mi habitación en la que mi madre supongo que intenta dormir.

P.D. Dedicado a todos los que han tenido una cena sorpresa que no ha terminado como ellos deseaban. Muchas gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Amaya Puente de Muñozguren.  


sábado, 6 de diciembre de 2014

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 13 -Una silla de ruedas con motor

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
 13- Una silla de ruedas con motor
Me siento engañada. No hay duda de que Marutxi estaba al corriente de la cita, pensándolo bien no es tan difícil de imaginar cómo se sucedieron los hechos: no le llevo a comer fuera, se enfada, no come lo que le preparo en casa, voy al supermercado, se despierta, se encuentra sola y con teléfono y se dedica a llamar a todo el mundo; todo el mundo es todo el mundo, hasta al desconocido que le dio una tarjeta en el avión y un beso en la mano en mitad de la autopista, delante de la catedral, mientras esperábamos a que el semáforo cambiara de color. No entiendo como el taxista que le llevaba le permitió hacer una cosa así. La cosa es que le ha llamado, le ha invitado a cenar y a mí no me ha dicho nada.
Ahí están los dos, en la terraza, disfrutando de las buenas vistas a pesar del viento que se ha levantado. Parecen dos adolescentes.
Monto de nuevo la mesa pero esta vez pongo el mantel de las fiestas y las tres copas buenas que tengo, no he terminado de colocarlo cuando suena el timbre de la calle y unos toques en la puerta, únicos y familiares. ¿Mi madre? Sí. Ya estamos todos. Las dos mujeres se miran como leonas a punto de pelear por una presa mientras que Vicente sonríe de oreja a oreja, como si le acabara de tocar el premio gordo de la lotería. Le presento a mi madre y  , después de darle un beso en la mano, le mira fijamente a los ojos y le dice lo preciosa que es y lo afortunado que se siente con su compañía, mientras tanto mi abuela le tira de la chaqueta para hacerle salir a la terraza y enseñarle el crucero que está saliendo del puerto, iluminado como una ciudad flotante.
En un momento pongo a mi madre al corriente de todo lo que ha hecho la suya en el tiempo que lleva en mi apartamento.
-Lo del pipí hay que controlarlo, aparte de por la guarrería que supone, también hay que evitar que se enfríe y que se irrite. Son cosas que suelen pasar a las personas mayores, y no tan mayores. Hay paquetes y compresas absorbentes que van muy bien pero tenemos que convencerla de que se las ponga y eso no será fácil.
-Con la abuela nada es fácil –digo en el momento en que entran, muertos de frío y de risa.
-Vicente, por favor, ¿me podría ayudar a traer la silla de ruedas para mi madre? Está en el coche.
-Nada me hace más feliz que ayudar a una bella dama.
Se van hacia el  coche, seguidos por Marutxi y su andador. Ellos no se han dado cuenta, y yo tampoco, ya que estoy preparando platos con el embutido y los patés que ha traído mi madre. Ya no tengo más copas, tendré que beber en un vaso. Salgo a la terraza y corto unas flores rojas de geranio y unas ramas de flores de santa teresa, que se acaban de abrir esta semana; las pongo  en el centro de la mesa, en un florero de cristal que tiene en el fondo media docena de canicas del hijo del vecino. La mesa está preciosa, hago una foto con el móvil  y veo un mensaje –que no he oído entrar- de Santi. Viene a cenar dentro de diez minutos y trae “caprichitos” para comer. Vuelvo a rectificar la mesa y pelo a la carrera unas patatas para hacer otra tortilla, mientras se fríen las patatas añado más ensalada a la ensaladera.
En la calle se oyen risas y voces, me acerco a la puerta y veo como los tres están probando la silla de ruedas con motor de Marutxi, ríen  cuando descubren para que sirve un botón nuevo. En un momento Marutxi ha dado velocidad al vehículo y sale disparada calle abajo mientras Vicente corre a su lado y mi madre grita que pare. No hace caso a nadie y se aleja riendo a carcajadas, cuando ve que Vicente no corre a su lado reduce la velocidad y da la vuelta hasta llegar a la altura de su amigo que está intentando recuperar la respiración. Nuestra calle es solo de una dirección y ellos vienen en contra en el momento en el que un coche se acerca. Es Santi. Ya estamos todos.




 P.D. Dedicado a todos los que han sido sorprendidos. Un saludo y gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Amaya Puente de Muñozguren.

Medio otoño y un invierno con Dulcinea 12-Sorpresa tras sorpresa

Medio otoño y un invierno con Dulcinea
12 – Sorpresa tras sorpresa
Anochece muy pronto, mi apartamento es una locura de ruidos, ladridos y palabras a todo volumen. Marutxi –que ha subido el volumen de la tele- habla por teléfono con una de sus hijas, le dice que yo duermo tranquilamente y que ella ha estado sola en casa toda la mañana, que no ha comido casi nada ni ha tomado las medicinas desde que estuvo en el hospital.
Saco a la perrita de paseo y aprovecho para llamar a mi madre.
-Hola nena, ¿cómo estáis?
-Mal. La abuela me va a volver loca, es egoísta y caprichosa y le está diciendo a tu hermana pequeña un montón de mentiras, tantas, que he tenido que salir de casa para no llamarle la atención y decirle dos cosas bien dichas.
-Ten un poco de paciencia, hija, mi madre es muy mayor y ha pasado una operación muy delicada. Solo quiere que le hagan caso y la mimen.
Le cuento, paso por paso todo lo que ha ido haciendo en las horas que lleva conmigo en casa –poco más de dos días- y no le queda más remedio que echarse a reír.
-Mientras hemos estado en el hospital no se ha comportado así. No sé qué le pasa pero parece que todo lo que hace es para enfadarme.
-Ten paciencia, hija. Yo miraré si encuentro una silla de ruedas con motor para que no os tengáis que dar la paliza cada vez que salís de casa a pasear. Ya queda poco para el viernes, vas a descansar todo el fin de semana, que bien ganado lo tienes, si no fuera por ti no sé qué habría sido de nosotras, todas trabajando, con deudas y sin más días libres para pedir…
-No lo pienses, madre. Todo tiene que mejorar, en cuanto empiece la rehabilitación y pueda caminar con el bastón estará de mejor humor. Mira, en vez de comprar la silla, a ver si hay la opción de alquilarla por semanas porque en cuanto no la necesite va a ser un trasto más en casa.
-Tienes razón, otra cosa, ¿desde qué teléfono estaba hablando mi madre con mi hermana?  
-Desde el fijo.
-¿De un fijo a un móvil?, te van a costar un dineral esas llamadas, ya le puedes decir que no lo haga así, que para algo le hemos regalado un móvil que pagamos entre todas las hijas.
Me despido de mi madre con la sensación de que Marutxi va a seguir haciendo lo que le dé la gana. Llamo a Santi y comunica, la perrita ya ha hecho sus necesidades y el viento empieza a soplar frío y fuerte, parece que está a punto de cambiar el tiempo.
Cuando vuelvo a casa la perrita corre hacia mi abuela que la acaricia la cabeza con una mano mientras con la otra sigue sujetando el teléfono fijo. ¡Lleva más de una hora hablando!, no quiero ni pensar en la factura de este mes, sin pensarlo voy hacia ella, le quito el teléfono y lo cuelgo.
-Abuela, no puedes usar tanto tiempo el teléfono fijo para llamar a móviles, no puedo pagarlo.
-Solo he estado un momentito, el momento que tú has salido a pasear a esta preciosidad que es la única que me quiere y me mima en esta casa.
Le oigo hablar con la perrita y quejarse mientras estoy en la cocina preparando una tortilla de patatas para cenar, no voy a entrar en su juego porque podríamos terminar enfadándonos, mientras se hacen las patatas pongo un poco de agua caliente en el fondo de la bañera para duchar a Marutxi y que no se le enfríen los pies, saco su pijama de debajo de la almohada y noto que huele a pipí, lo cambio por uno limpio y reviso la cama. También está mojada, la seco con una toalla y limpio con una esponja empapada en agua y jabón. Vuelvo a secar la cama y busco una funda para el colchón porque si estos escapes se repiten voy a tener que tirarlo en dos semanas.
-Marutxi, ¿se te ha escapado esta noche el pipí?
-¡No, hija, qué cosas dices!, ha debido ser la perrita o la gata.
-Si has sido tú, dímelo y te pondré un paquete para dormir.
-Eso solo lo hacen los viejos. Ya te avisaré cuando lo sea.
-Anda, vamos a la ducha, que te voy a poner guapa, pero antes tengo que apagar el fuego.
Me encanta su piel, es suave y blanca y siempre huele a colonia de bebé y polvos de talco. Hoy no protesta mientras le lavo, es más diría que lo está deseando. Su ropa también huele a pis, se lo digo y me contesta que se habrá sentado en algún sitio sucio. Quiere vestirse para cenar, no quiere estar en pijama en casa, por no discutir saco una falda tableada marrón, una camisa de color crudo y una chaqueta de lana con dibujos que me hace sacar del armario. Está muy contenta y quiere que le peine bien y que le pinte una raya en los ojos y le dé color suave en los labios. No me cuesta nada hacerlo. Mientras termino de hacer la tortilla ella se sienta a ver las noticias con el volumen un poco más bajo de lo habitual. Menos mal, parece que la convivencia puede mejorar.
Estoy poniendo la mesa cuando suena el timbre de la puerta, ¿quién será a estas horas? Quizás mi madre que viene a llamarle la atención a la suya.
Abro la puerta y cual no es mi sorpresa cuando veo, llenando toda la entrada, el cuerpo robusto de Vicente, acompañado por dos ramos de flores y una bolsa que contiene vino y dulces. Me quedo con ello en la mano sin saber qué decir mientras una vocecita melosa, desde el salón, nos dice que entremos, que hace frío. 



P.D. Dedicado a todos los que se han quedado alguna vez sin saber cómo reaccionar ante una situación inesperada. Muchas gracias por leerme. Todos los derechos reservados. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren.